viernes, 30 de julio de 2010

Las sombras

Las sombras.





Ernesto Víctor Basile

Marzo 1998



Corrí aquella mañana de sol hacia la panadería, diez largas zancadas por el pasillo de mi casa de baldosas amarillas y rojas, al llegar a la puerta de calle sin detenerme apoye mis manos sobre el pilar izquierdo y brinque de costado apoyando mi piernas sobre el pilar derecho, luego me lance hacia la vereda, siete zancadas mas hasta la casa de Don Chicho, sin levantar la cabeza para que el viento no me pegara en el cuerpo y poder avanzar mas rápido, justo en la esquina de casa , cuando iba a doblar hacia la calle Zapata, me detuve atónito y pude ver lo que estaba sucediendo, cientos de hombres gritando aquí y allá, camiones que iban y venían y una Yhond Deere enorme, amarilla que estaba levantando con su pala metálica de uñas de acero, lonjas de tierra que se resquebrajaba a su paso, mientras humeaba por la chimenea , moviendo la chapa que hacia de tapón detrás del conductor. Nunca me había imaginado aquello , ya habían sacado desde la calle Beruti hasta la calle Zapata más de dos metros de tierra , mientras una máquina con dos enormes rodillos uno delantero y otro trasero como la que pisaba a Silvestre en los dibujos animados , estaba alisando lo que sería la calle. Una topadora de pala movible arrastraba el sobrante hacia la esquina de Gutiérrez. La zanja con los puentecitos de madera donde se había caído doña Yulsemina ya no estaba, habían desaparecido borrados por el progreso. Fui lentamente hacia la panadería, era verano y hacia calor, vi a los obreros de piel curtida con los dorsos desnudos, con remeras o pañuelos cubriéndose la cabeza y no salía de mi asombro. En la panadería estaban alborotados, había llegado el asfalto, cuando regrese hacia mi casa comiendo como todos los días la figacita que Felipe me regalaba, vi a algunos de mis amigos en la esquina sentados contra la pared de la casa de Don Chicho, tal ves imaginando la cancha de hoyo pelota, donde solíamos jugar ya no estaría mas, ni tampoco la canchita de bolitas con su hoyo y su "mita". Me senté un rato al lado de ellos, no hablábamos solo mirábamos atónitos como en un corto tiempo todo se transformaba frente a nuestros ojos. Me levante al tiempo y me dirigí a mi casa, mi madre cocinaba alcauciles hervidos en vino en la olla que humeaba como la enorme Yhon Deere, le pregunte si sabia lo del asfalto, contesto alegremente que si, que por fin la casa no se llenaría mas de tierra y que a partir de ahora mi hermano y yo podríamos ir al colegio hasta los días de lluvia, pensé en aquel momento que algo estaba mal y callado me fui a mirar desde el patio de mi casa. Los obreros golpeaban unos fierros para sostener lo que seria el molde de los cordones, tomaban medidas, nivelaban, iban de aquí para allá.

Cuando mi madre me llamo para almorzar los ruidos de las maquinas ya no se escuchaban, solo había un ruido de voces lejanas y un olor a carne asada que inundaba todo el barrio.

Almorcé junto con mi padre y mi hermano. Papa decía que ahora podría entrar la camioneta vieja que teníamos sin problemas cuando lloviera y yo recordé lo lindo que había sido la ultima vez que fuimos debajo de la lluvia a colocarle las cadenas a las ruedas para que pudiera entrar por la calle totalmente enlodada, avanzando lentamente desde Saenz Peña la única calle asfaltada hasta la puerta de mi casa. Recordé también como todos los vecinos se ayudaban entre si; para que entrara el lechero Orea, el panadero de la Panificación con su carro y me quede pensando con la mirada perdida cuando había sido que le abrí la puerta de calle a Don Antonio Vidal y lo hice pasar para que mi padre lo recibiera debajo del parral de uva chinche, lo invito en aquel instante con una cerveza y le preguntó donde había que firmar, fue en aquel momento donde todos los vecinos se habían puesto de acuerdo, tendría que haberle dicho que mi padre no estaba, ahora ya era demasiado tarde.

A la hora de la siesta salí a la calle caminando lentamente con mi perra Pinky, me senté acariciándola en el umbral de mi casa, otra vez las maquinas prendieron sus motores al tiempo llego mi gran amiga de la infancia María del Amor y mientras se sentaba a mi lado me dijo algo sobre la enorme montaña de tierra que se levantaba frente a su casa, se la notaba contenta, me pregunto si yo lo estaba, ya que según ella ahora cuando estuviera terminado el asfalto, se podría circular sin problemas de caernos con las bicicletas en las zanjas -.

Podríamos ir los domingos a misa aunque lloviese- y no se cuantas cosas mas me dijo.

Yo no le conteste, ella decía lo mismo que todos los mayores, el barro , la tierra, la zanja de agua estancada y sucia, todo va a desaparecer para mejor y yo solo pensaba - Si - , - también desaparecerá las escondidas, los partidos de fútbol, el hoyo pelota, las bolitas, el salto sobre los puentecitos, el canto de los grillos en verano, las luciérnagas. - Si todo desaparecerá. _

Como no le conteste nada, volvió a dirigirme la palabra preguntando - Irán a la noche a jugar a las sombras.-

Y ahora si , la mire directamente a los ojos, un frío eterno corrió por mi espalda, había hasta olvidado el juego de moda que habíamos impuesto. Por las noches solíamos ir debajo de la lampara que había justo frente a la casa de María del Amor, ella vivía cerca de la esquina y la compañía de electricidad en las calles largas solía poner una lamparita con una pantalla de chapa color verde que se movía al son del compás de los vientos. Nosotros solíamos ir debajo de esta que proyectaba una sombra sobre el piso y así jugar a un juego que consistía en disfrazarnos de Cowboys aunque algunos de nosotros teníamos solamente una replica de un col 45 en plástico, unas cartucheras en las mejor de las veces en cuero que adosábamos a los cintos de elásticos que se habían puesto de moda por aquellos años. Ya en el lugar teníamos que elegir una pose y mantenernos inmóviles durante unos diez minutos para que el jurado nos pudiera ver y darnos un puntaje. También aquello iba a desaparecer, me entristecí aun mas. La salude a María del Amor sin siquiera contestar lo que me había preguntado y empece a recorrer cada una de las casas de mis amigos, todos estaban tristes, aun mas cuando les dije que ya no podríamos jugar a las sombras, porque cuando terminaran el asfalto y lo habilitaran seria imposible quedarnos estáticos los diez minutos reglamentarios pues era seguro que antes de ese tiempo pasaría algún vehículo. Todos quedamos que no encartaríamos a las 9 de la noche para jugar por ultima vez. Incluso fuimos a avisarle a " Chirola " De Lucca quien casi seguro que ganaría ya que su padre hacia rato que le había regalado dos replicas de hierro exactas del Colt con sus respectivas cartucheras de cuero y tenia un sombrero de su abuelo que era una replica exacta del que usaba Rod Roger en la serie televisiva y con aquellos pantalones frisados de jean, era casi imposible ganarle, pero como era la ultima vez que jugaríamos no nos importaba.

Fui alrededor de las cinco de la tarde a mi casa a tomar la leche, luego estuve en el antiguo gallinero en desuso practicando poses, quedándome estático durante largo ratos, ninguna de las poses me gustaban, quería ganar yo por ultima vez de bronca por lo que esta pasando, me sentía cómodo con las calles de tierra, me quede pensando y llore solamente pensando en María del Amor con el asfalto listo para conocer el mundo de mas allá de las dos cuadras.

A las 9 de la noche mire hacia la esquina desilusionado y lo vi a Chirola que ya estaba practicando haciendo relucir sus revólveres girando sobre sus manos, en un intento desesperado pensé un segundo y recordé el disfraz de indio que mi madre me había hecho para el acto escolar de cuarto grado. Sabia donde lo guardaba, corrí a ponérmelo, me picaba el pantalón por la arpilleras de que estaba confeccionado, pero lo soporte, solo pensando en la cara de María del Amor, en sus ojos marrones cuando me viera y en aquella boca rosada que dejaba ver cuando sonreía los frenos plateados, que trataban de enderezar sus dientes blancos, era muy linda para dejar pasar la oportunidad de ganar.

A medida que caminaba llegando al lugar, note que todos me miraban sin decir nada solo murmurando a mi paso, nadie jamas se había disfrazado de indio para jugar a las sombras. Fui viendo una a una las caras de asombro, cuando llegue cerca de la montaña espere mi turno, pasábamos de a cinco y nos manteníamos quietos, estáticos con la pose que habíamos elegido unos diez minutos, mientras los jueces nos observaban de uno otra perspectiva, a veces nos tentábamos y éramos descalificados por no poder aguantar la riza. Mire hacia la vereda justo en el momento en que nos llamaron para posar. María del Amor me mostró sus dedos cruzados en el ultimo movimiento de cabeza para posesionarme divise como se enfumaba su imagen, abrí luego el arco sobre mi pecho manteniendo la flecha con mis dedos pulgar e índice, respire profundamente y espere, solo escuchaba los grillos cantar, ni siquiera vi al juez cuando se acerco a evaluarme, mi ente quedo en blanco a tal punto que me tuvieron que zamarrear para decirme que había pasado a la final. Recién allí volví a respirar hondamente. Todos estaban ahora discutiendo a gritos como siempre, había ahora cinco minutos para descansar. María del Amor se acerco a mi me dio un beso en la mejilla mientras me arreglaba la bincha con plumas que tenia puesta en la cabeza, me dijo que Chirola también había pasado a la final con sus magníficos revólveres plateados y también Oscar con una replica de un rifle hecho de madera tallado perfectamente. Supe que seria muy difícil. María me tranquilizo diciéndome que ganaría.

Un viento húmedo comenzó a levantarse, pense estúpidamente que el mal tiempo que se acercaba podría retrasar las obras.

Cuando Jorge toco el pito para prepararnos, María del Amor se acerco a mi y me beso en la mejilla, estaba helada, tenia la piel de gallina, solo atine a decirle - No te Vayas. -, pero me di cuenta por su cara de extrañeza que no me entendió. Volví a estirar la cuerda del arco ahora con todas mis fuerzas como nunca lo había hecho mi brazo giro hacia atrás, tuve miedo de cortar el cordón pero aguanto, cuando el juez toco el pito para quedarnos quietos yo lance la flecha hasta el infinito y me quede inmovilizado. Un aguacero terrible se descargo sobre el barrio, truenos y relámpagos hicieron que todos corrieran, la lamparita con su pantalla se movía ahora enloquecida por el viento fortísimo que se había desatado y ahora ya en las sombras reflejadas en el piso de tierra parecían cientos de indios clamando sus derechos sobre sus propias tierras. Escuche a María del Amor gritar desde la galería de su casa - Cubrite, te va a hacer mal - veni que ya todos se fueron -.

Yo nada decía estaba extasiado inerte, solo pensando en ganar para que ella siguiera cazando mariposas, junto a mi en aquellas calles de tierra en la s tardes de verano.

De pronto note que se me hacia difícil mantenerme de pie, el barro se estaba escurriendo debajo de mis pies, la montaña comenzó a desmoronarse y por culpa que habían quitado las zanjas ahora un mar de barro y agua corrían por la calle, sentí el traje de arpillera cada vez mas pesado y vi las plumas de mi vinchas navegando por el agua sucia.

Ahora llovía tan fuerte que me dolían las gotas en el cuerpo, el viento definitivamente corto el cable que sostenía la lampara y todo quedo a oscuras fui caminando como pude hacia mi casa al pasar por lo de Jorge quien había sido el Juez, me alumbro con una linterna y grito - ganaste-, - sos el ultimo campeón -. Ya en mi casa cruce los riacho que se habían formado como pude estaba todo embarrado y me resbale cerca de los cordones de chapa que habían puesto los obreros, me agarre de unos fierros y tire de ellos arrancándolos, todo el chapón quedo a la deriva y desapareció rápidamente entre la fuerte corriente de lodo. Llegue a casa y antes de entrar mire hacia la casa de Chirola que vivía frente a mi casa, vi que estaba haciendo fintas con los revólveres y le grite - Te gane - No respondió.

Diecisiete días llovió torrencialmente sin parar un segundo, la montaña de la esquina según me contó mi padre que salía todos los días como podía para ir a trabajar, se había desmoronado y toda la tierra había vuelto a su lugar . Los vecinos estaban tristes ya que las obras se demoraban y yo me alegre.

Definitivamente las obras terminaron un año después, se inauguro el asfalto con una pequeña banda, el Sr. Vidal murió sin poder ver el final de las obras. María del Amor se quito los frenos y conoció el mundo. Yo me quede en el barrio y por las noches cerca de las 9 me doy una vuelta por la esquina para ver el deterioro general de aquel barrio y para esperar la tormenta definitiva que nos haga desaparecer a ambos de la faz de la tierra.





Ernesto Víctor Basile

Marzo 1998

Angela

Angela





Ernesto Víctor Basile

Tivis/ 1997

Angela se levantó esa mañana sabiendo que ya no era ella. No había sol, como no lo hubo en casi los últimos veinticinco años. Aprendió a convivir con el desgano de las mañanas sin sol, con la sed que resquebrajaba sus labios, con esos mismos insomnios que ya no le permitían saber cuándo estaba viviendo y cuándo estaba provocando el fin de su agonizante muerte.
No era esa una mañana común, no sabía el porqué, pero estaba segura. Presentía desde hacía semanas que algo ocurriría y a pesar de que intentó prepararse para lo más terrible, estaba asustada.
El primer síntoma, fue darse cuenta que había perdido la coordinación de los movimientos rutinarios, necesitó pensar con cual de las manos se llevaba el cepillo de dientes a su boca, fue solo un instante, era algo tan rutinario, que jamás necesitó preguntárselo, y sin embargo esta vez dudó y de tanto dudar, quedó más confundida.
Quiso recordar cuándo fue la última vez que tomó el cepillo de dientes con la mano izquierda y con la derecha apretó el tubo plomífero de pasta mentolada comprado en las tiendas centrales del novedoso y ruidoso mercado pueblerino, donde solo se vendían cosas de países exóticos o extraños.
Y solo recordó que era en aquella tienda donde compraba una vez al mes, cajitas y latas de colores con dibujos extraños que ni siquiera sabía que contenían, pero las llevaba igualmente a su casa, sin siquiera preguntar, por un lado para que no supieran que no las conocía y por otro, para poder sorprenderse cuando las abría en su casa, a solas. Ella misma decía que todo servía, aunque más no sea para pasar el tiempo.
Hablando y tratando de descifrar esas palabras estampadas en las cajas de metal que nunca llegaba a entender, jugaba para si misma imaginando el significado de la palabra y luego abriendo la lata para saber si había acertado con el contenido.
Por primera vez se dio cuenta de que ya nadie la acompañaba, no quiso mirarse al espejo, pensó sentada en el retrete del baño en lo envejecida que estaba, pero no se culpó, no se hizo un sólo reproche por haberse dejado secar la piel, otrora tan suave. Se llevó las manos a la cara y fue descubriendo una a una sus arrugas, sus pliegos en los ángulos laterales de sus ojos seguían permaneciendo allí desde sus veinticinco años, pero ahora más pronunciados, se vio en su interior tan triste, creyó incluso que sus ojos se habían apagado, hasta se imaginaba que habían cambiado de color a lo largo de su vida.
Despertó de su malestar, le dolió fuertemente su dolor ausente y por primera vez en su vida quiso escuchar algún ruido que la molestara, lo deseó con todas sus fuerzas esa mañana, pero fue inútil, parecía que todo se había muerto definitivamente.
Se quedó inmóvil hasta que, enrarecido el ambiente por un pestilente halo amoniacal que inundó sus fosas nasales elevándose hacia su interior, rompiendo con una fuerza descomunal en sus órbitas visuales, y ensañándose sobre sus lagrimales, sintió tanto el dolor que sus lágrimas brotaron fáciles, ahí tal vez despertó y notó lo frío de la mañana, ya era demasiado tarde, para ella, sus muslos estaban chorreando un líquido caliente, su bombacha que nunca llegó a bajar estaba empapada. Fue un acto involuntario, mezclado con todo su desgano. No hizo nada más, simplemente dejó que sus antiguos miedos la invadieran y otra vez esos temores la hicieron dudar.


La humedad estaba desenmascarando la vejez de la antigua casa. La pintura se descascaraba, las bisagras de las altas puertas de roble pintadas y repintadas, chirriaban haciendo doler los dientes, el patio de cemento se reventaba, las viejas baldosas amarillas con guardas blancas y negras estaban ya borroneadas de los pasos de cuatro generaciones sobre ellas, las paredes del frente tenían tanta humedad acumulada que ni siquiera seis meses de sol continuo podrían secar.
De mala gana Julio se levantó harto y aburrido de mirar por la ventana del living como una leve llovizna caía y como pasaba su vida en el ostracismo más absoluto.
Mientras se dirigía a cualquier lugar caminando como un zombi, recordó la pelea de la tarde con su mujer y de mala gana fue a buscar la varilla para tratar de destapar las cloacas que desbordaban desde siempre.
Caminó bajo la galería de techo de chapa , elevó la vista y vio la canaleta de desagüe pluvial atiborrada de un moho verde. Pasó frente a las cuatro puertas de las piezas que daban al largo pasillo y se envolvió en un instante en la casa de su abuela Inés. Se dejó llevar por la similitud de aquella galería y se vio en su infancia, con sus soldaditos escondidos detrás de las patas de las macetas de cemento que su tío fabricaba.
La luz del sol de las tres de la tarde penetraba entre la guarda de cinc que remataba el techo de chapa de aquella galería. Recordó los dos cañoncitos de plástico que tiraban pequeñas bolillas, que su tía Angela le había comprado para que no molestara con el ruido de las bolitas de vidrio japonesas cuando éstas rebotaban en el piso de baldosa después de matar varios soldaditos de plomo del ejército enemigo, y la imagen de ella volvió después de treinta y tres años.
Aquella lejana tarde de un verano insoportable de calor, Julio se encontraba tirado panza abajo con los brazos hacia adelante, mientras todos dormían la siesta, haciendo puntería compenetrado en querer acertar con el cañoncito a la torre del ejército contrario para definitivamente ganar la partida. Justo en el momento oportuno que había encontrado la mejor posición, sintió en su espalda desnuda el cosquilleo de un pie descalzo, sobresaltado y asustado giró su cabeza abruptamente, había estado seguro que todos dormían. Al girar medio cuerpo de costado, vio aquellas dos piernas largas y blancas, aquellos pies desnudos, aquellas rodillas perfectas, siguió asombrado mirando hacia arriba y se encontró con dos muslos musculosos y duros que le recordaron la almohada blanca que su abuela le había armado con la lana vieja de un colchón en desuso.


Era Angela, su tía, tenía puesto una enagua blanca de seda, que dejó ver sus senos redondos, cuando se arrodilló a su lado.
Julio quiso hablar y ella lo calló poniendo su mano fina y venosa sobre su boca, él se incorporó y su tía lo llevó de la mano hasta un banco de madera que su abuelo había hecho y que estaba debajo de la parra de uva chinche.
- No podía dormir - dijo Angela - hace mucho calor. -
Julio no dijo nada.
Ella sacó del medio de sus senos un cigarrillo y mirando a Julio dijo - Ve a buscar fósforos -.
Julio corrió hacia la cocina de la casa, cuando pasó frente a la habitación donde dormían sus abuelos escuchó el ronquido inconfundible de Antonio su abuelo , paso despacio, tratando de no hacer ruido, ya en la cocina abrió una caja de fósforos "ranchera", sacó cinco o seis cerillas y regresó. En la puerta del living que daba a la galería vio desde lejos como Angela se secaba la transpiración pasándose la mano entre sus senos redondos y luego por detrás de su cuello, ahora estaba seguro que no tenía corpiños, cuando llegó a su lado tendió la mano con las cerillas hacia ella . Angela tomó una la arrastró en el piso de baldosas amarillas, encendió el fósforo y con una facilidad asombrosa hizo un hueco con la misma mano y giró el fósforo encendido hacia adentro del hueco para que el viento, si es que lo había, no lo apagara. Julio quedó perplejo, jamás había visto aquello. Ella prendió el cigarrillo, inhaló una bocanada de humo y luego lo lanzó hacia arriba haciendo argollas en el aire, Julio atónito miraba su boca, que le recordó en aquel instante la del pescadito de su prima Miriam, formando un círculo perfecto con los labios cuando tenía hambre.
Angela se había quitado los lentes de armazón negro y vidrios con mucho aumento que siempre llevaba puesto, tenía el cabello suelto a pesar que siempre estaba con trenzas. Era larguísimo, color castaño, lleno de bucles. Sin lentes y con el cabello suelto a Julio le pareció una desconocida, con aquella enagua blanca se parecía a las vírgenes de las estampitas que su abuela guardaba en el ropero.
Ella dijo dos o tres cosas más mientras fumaba, tenía las piernas entreabiertas y se apoyaba con los codos sobre ellas , con las manos unidas entre si manteniendo entre sus finos dedos el cigarrillo. Julio no decía nada, cada tanto miraba de reojo aquellos muslos blancos.
Angela lo pescó en un momento y sin más tomó la mano de Julio y se la llevó hasta su pierna apoyando los dedos de este en el interior de su muslo, - Te gustan ? - preguntó, mirándolo directamente a los ojos.

Julio estaba rojo de vergüenza, sintió un arrebato de calor en su cara y chorrear agua por su espalda, - Sí - dijo, con el último aliento de voz.
Angela levantó su humanidad, era tan alta como el tío José, que andaba por el metro noventa, según había escuchado Julio por los comentarios de su madre, quien siempre decía sobre él, por lo flaco que era que pasaría a su tío Pepe cuando fuera grande - serás como de uno noventa - afirmaba.
Angela se fue caminando despacio descalza como había llegado hacia la primer habitación de la galería, julio la siguió sin saber que hacer.- No vos no podes seguirme - dijo ella, mientras enrollaba la cortina de maderitas finas unidas entre si con hilos, que resguardaba la puerta. La alzó hasta la mitad, abrió la puerta y destrabó un postigo desde adentro, luego se llevó el dedo índice a su boca lo chupó y lo llevó hasta los labios de Julio, tras esto dijo: - No espíes y cerró tras ella.
Julio se quedó inerte, duro, sin saber que hacer, sus rodillas temblaban, después de unos segundos apoyó su cara contra el vidrio de la puerta, hizo anteojeras con sus dos manos a ambos lados de su rostro para que el sol no lo molestara al ver hacia el interior, y descubrió con asombro la enagua blanca tirada en el piso, profundizó su vista y alcanzó a ver una manta tejida al crochet, sobre la mesita ovalada donde estaba el Acordeón a piano Paolo Soprani, blanco, nacarado, que Angela solía tocar en las fiestas de carnaval . Hurgó aún más y ya sobre la cama de hierro y bronce retorcido la divisó a ella , boca arriba, solo alcanzó a ver desde su posición los senos redondos que jamás olvidaría, inmediatamente se separó del vidrio por miedo, no a que ella lo viera sino a que alguien se levantara de la siesta.
Aún perturbado se dirigió al frente de la casa donde estaba el jardín lleno de plantas en macetas hechas con latas de aceite "Cocinero" y de carcazas de baterías.
Lo volvió a la realidad el grito de Inés, su abuela llamándolo para tomar la leche con vainillas como todas las tardes. Cuando caminaba por la galería para ir a la cocina vio sus soldaditos desparramados en el piso y le pareció extraño como si ya no le pertenecieran.
Cerca de las seis de la tarde ya bañado y con pantalones cortos fue a sentarse en el umbral de mármol blanco de la puerta de calle, como todos los días vio a su tío Pablo lavando el Playmonth 57 negro con patente roja de taxi, era para el un ritual conocido.
Pablo, su tío llegaba de trabajar y antes de hacer nada sacaba la manguera y todo lo necesario para lavar el automóvil. Pablo se había casado con Angela hacia seis años, cuando Julio tenía cuatro, contaba en aquel entonces treinta y le llevaba exactamente la mitad a su esposa.

Pablo lo vio sentado y le dijo si quería pasarle la franela al auto por dentro. Julio estuvo encantado, le gustaba subir , sentirse el chofer y ver aquellos farolitos chinos que su tío había puesto en el tablero con pequeñas lucesitas. Mientras jugaba con el volante nacarado marfíl unido a la barra de dirección por tres manojos de cinco rayos cromados a los que le sacaba brillo con la franela acomodó el espejo retrovisor para su altura y al ver hacia atrás, se encontró con Angela que estaba de rodillas sobre el asiento posterior, limpiando la luneta y meneando el enorme trasero, que ahora Julio había descubierto, ya que ella calzaba unos shores pequeños de color amarillo, que en cualquier momento reventarían sus costuras, volvió a quedarse duro, no la escuchó subir .
Angela le preguntó si quería ir con ellos a tomar un helado, a lo que él respondió inmediatamente que sí.
- Ahora terminamos y vamos - Dijo, ella.
El Playmonth se deslizaba por la calle Cabildo, el tío Pablo disfrutaba de la brisa de verano que entraba por las cuatro ventanillas abiertas.
Angela y Julio viajaban atrás como si fueran pasajeros, Julio iba agarrado con su mano derecha del barral de hierro retorcido cromado, que se encontraba sobre el respaldo del asiento delantero, Angela mientras tanto, jugaba con la perilla de marfil blanco de la manija levantavidrios.
Julio se entretenía contando las garitas de la policía que se encontraban sobre la avenida Cabildo en cada intersección con otras arterias importantes, Republiquetas, Congreso, Monroe, Juramento, ya no pensaba en lo sucedido a la hora de la siesta, hasta que sintió la mano suave de Angela, entre sus piernas, sintió el frío de aquella mano, cerró los ojos y aún así notó los latidos de las venas de Angela, con los ojos aún cerrados recordó aquellas manos entre los senos redondos secándose la transpiración y otra vez sintió como su cara se sonrojaba.
El auto se detuvo , al bajar vio la gente sentada en sillones de mimbre disfrutando sus helados y como otros trataban de ganar una posición cerca de las cajas que daban los ticket. Mientras esperaba afuera supo cuanto le gustaba la capital, las luces amarillentas que alumbraban las calles, los carteles luminosos que se apagaban y prendían haciendo combinaciones de colores, la gente caminando y mirando vidrieras, el olor a pizza.
Angela volvió abriéndose paso con una gracia como nunca antes había visto, con los dos cucuruchos por sobre su cabeza, por primera vez Julio gusto de ver un cuerpo tan espectacular y enseguida distinguió su helado por el color rosado de la frutilla y blanco por el ananá, mas atrás llegaba su tío abriéndose paso a los codazos.

Comenzaron a caminar algunas cuadras, Pablo llevaba colgada de su brazo a Angela y esta abrazaba por encima del hombro a Julio con el brazo izquierdo, sosteniendo en la misma mano el helado que estaba tomando, lo que hacia que cada vez que lo llevaba a su boca para lamerlo, la cabeza de Julio era arrastrada hasta su pecho izquierdo y éste podía ver la lengua de ella embadurnada del blanco de la crema rusa, Julio sentía en aquel instante el olor de la piel de Angela, una mezcla de transpiración y " odorono ", que lo perseguiría por el resto de su vida..
Ya en el auto de regreso a casa Angela se sentó adelante con su marido y Julio atrás donde se había sentado ella cuando iniciaron el viaje. Angela estaba de costado con un brazo sobre el hombro de su esposo y las piernas encogidas sobre el asiento delantero. Julio desde atrás veía sus rodillas y su corto vestido, no podía por más que intentaba, quitar los ojos de aquellas larguísimas piernas, las imaginaba como en la tarde, con los pies desnudos deslizándose sobre su espalda. Volvió en sí cuando Angela se despachó con : - Querés el cucurucho -.
- Sí -, respondió Julio y vio como ella insertaba la lengua hacia el fondo del cono como queriéndole arrancar las últimas gotas de helado y se lo entregó.
Julio lo fue comiendo en silencio tratando que ninguna partícula de galletita se le escapara de la boca, mientras veía como Angela comenzaba a besar el lóbulo de la oreja de su tío.
Julio se dejó caer acostándose sobre el asiento trasero y siguió mirando como en la oscuridad, de la cabina del auto, la lengua de su tía dejaba el brillo de su saliva en el cuello de Pablo y como ella mantenía los ojos cerrados.
No quería hacer ningún movimiento para poder, seguir disfrutando de aquel espectáculo, veía como ella seguía mordiendo el lóbulo de la oreja y como luego penetraba con la punta de la lengua por todos los recovecos de la oreja de su tío, estaba extasiado, jamás había visto algo así y se le paró la respiración cuando vio que Angela abrió los ojos y lo miró fijamente, para luego guiñarle un ojo, Julio asustado cerró los suyos y se mantuvo quieto sin abrirlos, más aún, presintiendo que ella lo seguía mirando.
Al llegar a la casa, Julio bajo en la puerta y ellos llevaron el auto hasta el garaje que se encontraba a media cuadra de distancia.
Entró y se dirigió hacia el baño, al pasar por la puerta de la habitación de sus abuelos escuchó a Inés preguntando - quien es .-
- Yo - , respondió Julio. -
- Bueno, no olvides apagar la luz y acostate - recalcó su abuela.

Cuando salió del baño se dirigió a su habitación , vio acomodada toda su ropa y sobre la cama una bolsa con los soldaditos, los puso en el suelo, se desvistió, y se acostó en la cama que había sido de su madre cuando era chica.
Apagó la luz y se quedó escuchando el ruido de la caldera de la fábrica de baterías " Champeon " que estaba frente a la casa, calculó que serían como las doce de la noche. Estuvo así un rato hasta que escuchó los pasos y las voces de Angela y Pablo. No pudo entender que decían , pero supo que Angela había ido al baño, se incorporó en la cama sin levantarse y esperó ver pasar la sombra de ella nuevamente dirigiéndose hasta la primera habitación de la casa. Cuando la divisó a través de la cortina de la puerta, se incorporó definitivamente y rogó que la puerta interna que unía la habitación de al lado con la que él se encontraba estuviera abierta. Así fue . Abrió sin hacer ruido y fue pisando en la oscuridad de la habitación contigua tratando de que la pinotea del piso no crujiera, incluso tratando de evitar pisar la tapa que conducía al sótano, que estaba seguro que haría ruido .
Cuando estuvo confiado que había llegado a la pared opuesta se tiró al piso y lentamente fue tanteando con la mano en busca de la pared, cuando lo logró apoyo el vaso vacío que había traído en su mano derecha y apoyó su oreja sobre el culo de éste, se sorprendió de lo claro que se escuchaba a través del vidrio, no supo en aquel momento donde había aprendido aquello, pero no le importó.
Julio sabía que algo malo estaba haciendo, pero era más fuerte la curiosidad, así que se quedó escuchando sin hacer ruido pegado al vaso y éste a la pared.
Por momentos escuchó pasos en la habitación de al lado, ruidos, palabras incoherentes, hasta que le llamó la atención un ruido parecido a cuando él con su hermano saltaban sobre la cama como si ésta fuera una cama elástica de deporte. Si, ahora estaba seguro, era el elástico que chirriaba a un ritmo parejo, no escuchaba nada más que aquel ritmo y ya estaba por separar el vaso de la pared, cuando de repente sintió que el ritmo era más violento y comenzó a escuchar susurros y la voz de Angela casi gritando, pero como conteniendo la voz, que le recordó a su madre cuando le agarraban aquellos ataques de hígado y se quejaba en el baño de su casa, mientras vomitaba bilis sobre el agujero del inodoro. A diferencia de aquellos, estos gritos tenían como una especie de placer. Se levantó sin más y corrió hasta su cuarto cerrando la puerta de la habitación tras de si, tratando de que no crujiera, dejó el vaso en la mesita de luz y se acostó tapándose todo hasta la cabeza, con las sabanas almidonadas.
Antes de dormirse definitivamente pensó en regalarle la bolsa de soldaditos a su primo más pequeño, de nombre Dario.

Antonio colocó la pava sobre la cocina económica, abrió una de las tantas puertas del frente de fundición, removió las brasas y colocó algunas maderitas que tenia a mano, tras esto cerró, abriendo un poco el cenicero, pudo verse a través de las endijas las llamas de fuego, y se sintió un crujir de maderas y un chisporroteo, como si se quedara conforme se dirigió al baño.
Eran las cinco treinta de la madrugada, sobre la mesada de granito negro de la cocina había una jaula redonda, hecha con rejas de varillas, totalmente tapada por una manta oscura. Dentro de ella se encontraba la pequeña lora habladora de la abuela Inés, que ya comenzaba a hacer ruido, para que alguien la destapara.
Julio se acercó lentamente para sentarse en la pequeña silla de madera con asiento de paja, que su abuelo había comprado a Don Francisco, un sillero que pasaba dos veces al mes con un carro tirado por un caballo percherón, atiborrado de sillas, canastos, escobas, escobillones, plumeros de todos los tamaños, etc.
Todos los días desde hacia cuatro años, en los meses de vacaciones escolares, Julio se levantaba para compartir con su abuelo el mate antes de que aquel se fuera a trabajar, excepto los días domingos, que ambos remoloneaban en la cama, hasta que la abuela Inés los obligaba a levantarse para ir a la misa de las nueve.
Cuando Antonio regresó del baño, lo saludó, mientras destapaba la lora y Julio colocaba dentro de la jaula una latita de sardinas, colmada de semillas de girasol.
Antonio trabajaba de barrendero y como las herramientas de trabajo que utilizaban se guardaban en un cuarto que estaba en el jardín de la casa, todo lo que hacia era esperar que los cuatro hombre que trabajaban con el llegaran alrededor de las seis, mientras tanto desayunaba con Julio, mate y rodajas de pan del día anterior embadurnadas de manteca. Julio disfrutaba de aquellos momentos pues a pesar del madrugón, le encantaba aquellas charlas con su abuelo y porque jamás encontró a nadie que cortara las rodajas de pan como éste. Además había aprendido a jugar a la escoba de quince, un juego de naipes muy popular entre los inmigrantes , así que mientras esperaban Antonio lo desafiaba a jugar por pequeñas cosas, como por ejemplo, los tesoros que su abuelo encontraba en la calle. El trato era que si Julio perdía, debía ordenar y clasificar, cada cosa en su lugar, y si ganaba podía elegir quedarse con algo que le gustara. Ambas situaciones para Julio eran lo mismo ya que si perdía tendría acceso al cuartito donde su abuelo tenía cientos de frascos de vidrio con roscas, donde había tuercas, tornillos, llaves, anzuelos, cadenitas, botones, bolitas,
medallas, monedas antiguas, y todo lo que a uno se le ocurría. Todo estaba perfectamente clasificado y a veces sobre la enorme mesa de madera había una montaña de cosas, que su abuelo por falta de tiempo no había podido guardar. Entonces era cuando a Julio más le gustaba perder, para poder estar en aquel lugar viendo todas las cosas que la gente perdía y que su abuelo encontraba al pasar el enorme secador de goma contra el cordón de las calles.
Cuando el reloj de pared hacia sonar las campanadas de las seis y los compañeros de cuadrilla habían llegado, Julio acompañaba a su abuelo hasta la puerta de calle y veía como todos tomaban por la calle Venezuela hacia la Av. Mitre, para empezar el recorrido diario, mientras cantaban canciones que el también sabía de memoria. Luego cerraba la puerta de calle y volvía por la galería. Muchas veces se encontraba con su tío Pablo, que también se iba a trabajar y cuando esto sucedía su tío le daba tres o cuatro galletitas, que llevaba en la mano para ir comiendo camino al garaje, donde guardaba el taxi, Julio no las comía sino hasta que se acostaba nuevamente en la habitación que había sido de su madre. Entre esta habitación donde el dormía y la de su tío Pablo había otro cuarto que fue en la infancia de su otro tío, José, quien ya no vivía en aquella casa. En este cuarto había un sótano y se guardaba a parte de la cama original de su tío José y una bicicleta " Bianchi ", color gris metalizado, propiedad de su abuelo, que este usaba en muy raras ocasiones, por lo que se encontraba en excelente estado. Las tres habitaciones se comunicaban entre si por dos puertas internas y todas ellas tenían comunicación hacia la galería por puertas de roble con vidrios repartidos y postigos , tenían además una banderola en lo alto que se habría y cerraba por medio de un sistema de rondanas.
En la habitación que dormía Julio había colgados dos cuadros, uno de forma oval con el retrato de su bisabuelo del cual resaltaban cuatro medallas que este tenía prendidas en el bolsillo izquierdo del saco negro y otro era un pañuelo de cuello enmarcado, sobre el que estaba dibujado el mapa de la República de Italia en tinta roja con letras negras, que se lo había obsequiado a su abuelo el Estado italiano cuando finalizó la primer guerra mundial. Julio se acostaba nuevamente mientras pensaba en aquel mapa trataba de adivinar como había sido aquella guerra y se quedaba dormido antes de que pudiese encontrar alguna respuesta.
Alrededor de las 10 de la mañana se levantaba nuevamente, hacía algunos mandados por el barrio y cerca del medio día esperaba en la puerta de calle que llegara su abuelo. Cuando llegaba la cuadrilla todos lo saludaban como si el fuese un integrante mas de aquel equipo. Julio ayudaba a entrar la carretilla, e iba acomodando los escobillones de acero, mientras todos se higienizaban las manos en la canilla que estaba cercana al jardín, luego se despedían él y su abuelo se dirigían juntos a almorzar y otra vez Julio veía a su abuelo cortar las enormes rodajas de pan.

Cuando llegaba la hora de la siesta Julio se dirigía al cuarto de herramientas y allí sobre la mesa empezaba a clasificar las cosas que su abuelo había dejado sobre ella. Las monedas viejas ya sin valor por un lado, los tornillos y las tuercas por otro, las cadenitas clasificadas por el material de que estaban hechas, las bolitas aquí, las llaves allá, cuando todo estaba en orden daba un repaso a todos los frascos y a pesar que los veía todos los días, siempre encontraba algo que le llamaba la atención y se entretenía un poco mas imaginando a quien había pertenecido aquello o cuanto valor material tendría esto otro.
Luego toda la tarde de siesta era para el, sus soldaditos, su galería, sus autitos de colección, que su tío Pablo pintaba dejándolos mejor que cuando eran nuevos.
Cerca de las cinco de la tarde, todo volvía a ser movimiento dentro de la casa y alrededor de las siete de la tarde cuando se ponía el sol, como no tenían televisión, su abuelo prendía una radio para escuchar algún radioteatro, entonces Julio sabía que nuevamente era la hora de las cartas con su abuelo que lentamente habría una estuche de chapa gris con ribetes dorados de donde sacaba sus lentes de vidrios redondos y marco de oro. Luego tomaba la pipa en la mano, la limpiaba y tras esto la zambullía en la caja de chapa azul y blanca de té " Ibarra " que estaba llena de tabaco que el mismo recortaba de las sobras de los cigarros " Avanti ". Antonio fumaba, durante un mes los cigarros a los cuales cortaba metódicamente por la mitad y lo que sobraba luego de fumar, lo dejaba en la caja de te, cuando se cumplía el mes empezaba a usar esos recortes en la pipa y así sucesivamente. Hizo aquello hasta la fatídica madrugada, cuando contaba con noventa y cuatro años, en que murió de un infarto cuando estaba abrochándose los cordones de los zapatos, sin una sola queja, sin ver a un médico y sin tomar una sola medicación en los últimos cincuenta años.

Habían pasado seis semanas desde la tarde que Angela lo sorprendió tirado en el piso de la galería, Julio desde aquel día se encontraba un tanto extraño en su interior, el lo sabia y en cada momento del día estaba tratando de ver a Angela, pero no quería que esta lo viera, su grado de ansiedad era tan intenso que el mismo se sorprendía.
Era día Miércoles uno de los elegidos por Julio y su abuelo para ir a regar las plantas y las verduras a la quinta, que estaba ubicada en un terreno, a una cuadra de distancia. Pero aquel día su abuelo había cobrado el sueldo, por lo que iría con Inés a hacer algunas compras. Alrededor de la hora prevista Antonio lo llamó y le dijo: - Queres ir vos a la quinta a regar para que no se perjudiquen la plantas ?,- - Si - respondió Julio contento. Se puso las botas de su abuelo que le quedaban enormes y partió.
Disfrutaba de aquel momento en medio de los árboles frutales y de los almácigos. La quinta estaba en un terreno de aproximadamente 10 metros por cuarenta, había en uno de los costados un cuarto donde guardaban las palas, rastrillos, mangueras, etc. Julio preparó todo y empezó por el fondo del terreno, donde estaba la acelga y la radicheta, de la manguera salía un chorro de abundante agua cristalina, hacía calor y el cambio de horario en verano hacia que el día se alargara cada vez más.
Estaba distraído regando, cuando sorprendido, sintió la voz de Angela, llamándolo desde las sombras del paraíso. Cuando la vio, se turbó, dejó la manguera y se dirigió hacia ella, que tenía en la mano derecha, dos botellas de Coca-cola medianas que recién en esa época comenzaban a popularizarse. Ella estaba vestida con unos pantalones rosa, con rayitas rojas finas, muy ajustados, ojotas y una remera blanca. Julio se acerco y Angela dijo : - Te traje esto por el calor que hace - - querés ? -, preguntó mostrándole la botella.
- Si - dijo Julio tomando una de las botellas que estaba destapada, se quedaron sentados allí al pie del árbol, Julio no sabia que decir, ella dejo la botella por la mitad y se fue en busca de la manguera, Julio se acerco mientras ella jugaba tirando agua hacia arriba de ambos haciendo que esta cayera en forma de lluvia sobre sus cabezas, Julio reía y ella más lo hacia, Julio quiso sacarle la manguera de la mano y en el forcejeo ambos se mojaron. Luego de un rato de jugar ella tomó la botella de coca de Julio se la llevó a la boca , tomó un largo trago devolviéndosela , el no supo que hacer, Angela le dijo : - toma como hice yo -, o te da asco ?.
- No - dijo Julio y puso el pico en su boca con placer. No respiró hasta terminar el líquido que quedaba, luego siguieron jugando y mojándose, hasta que comenzó a bajar el sol, fueron guardando la manguera en el cuarto y en un momento Julio vio tras la remera empapada de Angela, dos enormes puntas rosadas. Ella se dio cuenta, lo miró a los ojos y preguntó; - querés tocarlos ? - Julio se asustó.

- No tengas miedo yo no voy a decir nada y vos tampoco,- aseguró, al tiempo que tomaba la mano de Julio y se la llevaba a su pecho, mientras que con la otra mano, levantaba su remera dejando al descubierto el pecho derecho, donde delicadamente apoyo la mano de Julio.
Julio nunca había visto el pecho de una mujer, así tan de cerca, sus rodillas temblaban y estaba al borde del llanto. Angela no se inmutó por el contrario, dijo : - Querés besarlos ? - . Julio arrancó su mano con tanta fuerza que ella trastabilló, luego corrió sin parar hasta la puerta de su casa, al entrar tropezó con su tío Pablo - He, qué pasa - dijo éste, - Nada - dijo Julio, es que estaba jugando con Angela y me esta corriendo, tras esto se metió en la casa.
Por la noche cuando se fue a acostar, su cabeza volaba, pensaba que habría dicho ella, habría cerrado el cuartito de las herramientas ?, - no me mirará más ?- , mientras pensaba todo aquello, no podía dejar de imaginar aquellos senos con los pezones rozados en punta, olió su mano, y allí estaba el olor de la piel de Angela, no pudo quedarse quieto y se levantó como un relámpago, tomó el vaso de la mesa de luz, abrió la puerta de la habitación contigua, esquivó el sótano, y al borde del estallido de su corazón, apoyo el vaso contra la pared y espero conteniendo la respiración, mientras escuchaba el jadeo de Angela, el ruido del elástico de la cama, y los gritos contenidos de ella. Cuando volvía en puntas de pie a su habitación sintió por primera vez su pene erecto, no prestó atención, hasta que ya en la cama se empezó a manosear compulsivamente los genitales hasta que estalló sintiendo un gran alivio interior y un pánico que nunca antes había experimentado . Esperó desde aquel momento, con el mismo nerviosismo con que la lora encerrada, esperaba por las mañanas que la destaparan, para poder repetir incansablemente el grito de : - hola Angy, hola Angy -, que los días pasaran rápidamente para conocer por fin y en carne propia el sentido de aquel ruido de elástico a un ritmo acelerado, mezclado con los gritos contenidos de aquella mujer endemoniada que lo estaba volviendo loco.


Se acercaban los días previos a la Navidad y Julio se sentía desbordado por la excitación, los preparativos en aquella casa, como en casi todas las del barrio, eran innumerables.
Julio iba de aquí para allá acompañando a su abuela al mercado para comprar las frutas que luego Antonio pelaría y el cortaría en daditos para la ensalada de frutas, se recogía las verduras en la quinta para el relleno de los ravioles, se compraba el carbón en cantidad, para el lechón que su tío Pepe haría a las brasas, se compraban las bebidas en el almacén del " Gallego ", donde Julio también compraba sus cohetes.
El " gallego " era un típico almacenero de barrio. Era muy amable, siempre dispuesto a dar una ayuda, él y su mujer atendían juntos el negocio que estaba a una cuadra de la casa, en un local que tenía una puerta de entrada justo en la esquina y otra entrada en la calle adyacente ambas con vidrios repartidos y postigos de madera. El local estaba dividido por un enorme fideero, que eran cajoneras de aproximadamente seis cajones por cinco de vidrio en su frente, por donde se podía observar la clase de fideos que se guardaba dentro de ellos. De un lado estaba el almacén, muy bien surtido y del otro lado de este gran cajonero estaba el característico bar con el mostrador y dos mesas con sus sillas toneth con asiento de esterillas, para los parroquianos. El mostrador era todo entero desde el bar hasta el almacén, solo dividido por la máquina cortadora de fiambre. Detrás del mismo contra la pared estaba el enorme cajón con tapas semicirculares donde estaban las dos clases de azúcar, la fina y la de terrones. Julio siempre ponía atención cuando hacia los mandados, en la facilidad que tenía el " gallego " para tener en una mano el pliego de papel de astrasa y como con la otra manejar la pala negruzca de chapa cargada de azúcar, que depositaba sobre el papel haciendo un hueco con su mano, y luego llevarlo a la balanza para darse cuenta de la exactitud de su pesada, pero agregándole como era de corresponder por aquellos días la " yapa " y entonces si comenzar a cerrar el paquete haciendo con sus dedos oregillas como si este fuera una empanada.
Todo el local tenía piso de pinotea y pendiente sobre el techo había dos enormes ventiladores con cuatro aspas cada uno que en época veraniega estaban prendidos todo el día haciendo que el local se mantuviera fresco.
El " gallego " en aquella época de fiestas vendía cohetes, bengalas, estrellitas y tenia la particularidad de cuidar a su manera las edades de los compradores, para que no fuese de él la responsabilidad, por lo que aquellos chicos que no pasaban la altura del mostrador no les vendía aunque estos juraran que sus padres se lo permitían.

Por las tardes en aquellos días, una semana antes, aproximadamente comenzaban a llegar los amigos de sus tíos a saludar a la familia. Uno a uno iban llegando y era costumbre servirles una o dos copas de sidra o cerveza.
Ellos estacionaban sus automóviles sobre la calle Venezuela en Villa Martelli y Julio por una pequeña propina se encargaba de cuidarlos. De cuidarlos de nada, pues en aquellos años eran muy raros los delitos, entonces Julio se dedicaba a mirar aquellos Nash, Mercuri, Chevrolet modelos 47 ó 48, hasta aquella Fletine, del médico del barrio, que también pasaba a saludar, a quien había que servirle por lo menos media botella de esperidina, ya que era lo único que tomaba, aunque en gran cantidad.
A Julio le gustaba ver aquellos cromados y pinturas sobre los autos tan bien cuidados, los tapizados de cuero excepcionales y las primeras radios a válvulas.
A veces algunos de estos visitantes llegaban muy alegres, ya que por lo general venían de visitar otras familias y por supuesto de haber brindado, era entonces cuando reían tanto con la abuela Inés, porque había que desintoxicarlos con café negro para que pudieran seguir su desfile.


Aquel 23 de diciembre por la tarde, ya no alcanzaban las manos para ayudar y preparar la casa, cada uno de los integrantes de la familia estaba haciendo lo suyo. La madre de Julio preparaba las ensaladas. Sobre la cama de la abuela e incluso sobre la de él estaban las capas enharinadas de la masa de los ravioles, el abuelo Antonio buscaba los vasos y las ollas que siempre faltaban a la hora de preparar las ensaladas de frutas, el tío Pepe adobaba el lechón, el tío Pablo arreglaba las luces del árbol de Navidad y acomodaba las bolas multicolores de vidrio. Víctor, el padre de Julio, cortaba el queso y los salames en cubitos para las picadas. Muy pocas familias tenían heladeras eléctricas pero pasaba un hielero con una chata tirada por dos caballos percherones vendiendo barras de hielo, cuando estas llegaron a la casa comenzó el trabajo de Julio.
Había en el jardín una especie de sótano de 2 mts por 2 mts por 1,60 de alto todo revocado en concreto, Julio abrió la tapa y bajó por la escalera que su abuelo había construido, luego llegó Angela y comenzó a alcanzarle desde arriba las barras de hielo cortadas al medio y los fuentones de cinc que estaban en desuso, tras esto acomodó el hielo dentro de los recipientes y Angela comenzó a alcanzarle los cientos de botellas de cerveza, coca-cola, sidra, vino, sifones, etc. Hecho esto Angela bajo por la escalera y lo ayudó a terminar de acomodar las botellas para luego picar algo de hielo para cubrirlas. Habían tardado aproximadamente dos horas y media, Angela que había estado al rayo de sol, estaba empapada de transpiración, Julio en aquel espacio reducido sintió el cuerpo caliente de ella que irradiaba imanaciones eléctricas que lo perturbaban . Ella estaba en shores, descalza y con la parte de arriba de una biquini verde. Julio no podía contenerse más , sufría; no habían estado juntos desde aquella vez que Angela llevó la mano de él sobre su pecho, y desde aquel día no había parado de soñar con ella por lo menos tres o cuatro veces al día. La escuchaba en la galería cantando, en la habitación lindera sacudiendo las colchas , Julio desesperaba, asi que iba al baño y se masturbaba frenéticamente. Cuando esto sucedía Julio entraba en un estado de desprecio por lo que hacia, se ponía de mal humor por no poder contenerse de querer verla a cada momento, su vida se convertía en una lucha desigual entre el deseo y lo para él moralmente permitido, pero bastaba que ella se acercara para abandonarlo todo, sin importarle nada.
Angela en un momento lo agarró contra la pared, haciéndole apoyar su espalda contra esta, Julio tenia el torso desnudo, ella lo tomó con las dos manos por detrás de la nuca tironeandolo fuertemente de los cabellos, fue acercándose a su boca, él se dejaba llevar, ella acercó sus labios casi sobre la boca de él, le respiraba encima. Julio podía sentir sus labios temblar, ella sacó su lengua y con una velocidad y practicidad increíble recorrió con la punta de su lengua los labios de Julio, haciendo un círculo perfecto, lo olfateó con su naríz, inhalaba profundamente dentro de las órbitas desencajadas de los ojos de Julio y luego largaba la respiración con la boca entreabierta permitiendo ver una dentadura perfecta y blanquecina, Julio estaba con los ojos desencajados, al borde del desmayo, lo fue llevando a que se arrodillara y ella también lo hizo ya que debía torcer un poco su cabeza para poder estar cómoda dentro de aquella heladera artificial. Ya en el piso enfrentados de rodilla ella abrió su boca y cuando Julio pensó que moriría con aquel beso, sintió en su espalda un fuego que le quemaba hasta las entrañas, que lo volvió a la realidad. Era ella que había juntado hielo molido y se lo estaba refregando sobre la espalda, mientras largaba el aliento sobre su boca ; Julio aguantó sin decir nada, de sus ojos caían las lágrimas, ella introdujo la punta de la lengua entre sus dientes, lentamente recorrió su cavidad bucal como una experta y luego se retiró con una carcajada que retumbó en aquel sótano lúgubre, mientras gritaba salgamos de aquí, que me muero de frío. Julio hubiese querido ver su final, con el derrumbe de aquel escondite.


La cena de la noche buena, se desarrollaba alegremente, todos estaban sentados sobre una larga mesa y Angela estaba frente a Julio, que cada tanto la miraba avergonzado y ella parecía esperar aquel momento, para estar mirándolo con aquellos ojos color cielo con los cuales el soñaba.
Luego de la media noche, cuando ya todos habían brindado y cantaban y bailaban, cuando ya el mantel blanco estaba lleno de frutas secas y migajas de pan dulce, cuando ya todos se preparaban para sacar las mesas a la calle, donde ya estaba casi todo el barrio organizando un baile popular, Angela se sacaba el zapato y acariciaba la pierna de Julio con su pie descalzo, por debajo de la mesa, haciéndole un cosquilleo a Julio que le ponía la piel de gallina.
- Por que todavía no te fuiste a la calle con tus primos ? -, preguntó su madre.
- No tengo ganas. - respondió.
- Estarás enfermo, el año pasado te teníamos que andar buscando.
- Me duele un poco la cabeza -, dijo Julio mientras la miraba a Angela.
Ella se hizo la distraída.
Cerca de las tres de la madrugada Julio cansado física y mentalmente obsesionado, buscaba entre los bailarines a Angela, la vio entre el gentío tocando el acordeón mientras cantaba y danzaba con sus pies descalzos sobre el papel picado y las serpentinas en medio del estruendo que provocaban las explosiones de los cohetes. Se sintió desprotegido, engañado, así que se decidió a irse a acostar a su habitación. Ya en la cama escuchó a lo lejos los ruidos, el zumbido de las cañitas voladoras, los gritos de alegría de la gente y se quedo profundamente dormido, vestido como estaba. Se despertó cerca del alba, sintió frío, buscó una manta cerca de los pies de la cama y la descubrió a ella durmiendo a su lado, ella también abrió los ojos, al verlo, lo ayudo a poner la manta sobre ambos, lo abrasó con ambos brazos y cerró los ojos, Julio sintió su aroma, se cobijo contra ella en el último movimiento.
Cuando despertó vio otro colchón en el piso y varias almohadas, pero no había nadie en la habitación, cuando salió hacia la galería, la vio a ella sentada en la mesa que ya estaba armada nuevamente y preparada con la picada tradicional, Julio creyó en aquel momento que se había despertado de un sueño.
Llegaba el olor a lechón asado, se sentó y vio como sus primos correteaban y como su tío Pablo traía el ventilador de pie. Angela había hecho un montoncito de nueces peladas sobre la punta de la mesa, - Querés ? -, le preguntó. - No - dijo secamente Julio. Angela ni se inmutó, tomó una media nuez y se la llevó a la boca, manteniéndola un rato sobre sus labios mitad afuera y mitad adentro, mirándolo fijamente. Cuando Julio la miro, ella la hizo desaparecer triturándola con los dientes. Julio la miró con odio, sin saber por qué. Ella mantuvo la mirada, hasta que él no pudo más y se levantó, cansado de ser torturado dirigiéndose hacia la puerta de calle y no regresó hasta la hora en que ya todos estaban en sus lugares.


Ala hora de la siesta Julio aprovecho el silencio de la tarde y fue hasta la quinta, había una humedad en el ambiente muy grande, el calor era sofocante. Julio se sentó debajo del paraíso mirando hacia el cielo, vio como pasaban las nubes y como estas formaban diferentes figuras frente a sus ojos. A lo lejos en aquel horizonte que comenzaba a tornarse oscuro por la inminente tormenta que se estaba formando, vio un barrilete en forma de estrella.
Sin poder mantener el hilo de un solo pensamiento a Julio le pareció sentir el olor de un cigarrillo prendido, miro a su alrededor y ciertamente vio a Angela caminar hacia el con una mirada desafiante. Julio espero que llegara, no dijo nada por miedo a tartamudear. Angela se sentó a su lado con las piernas recogidas en forma de indio. Termino el cigarrillo, se escucharon los primeros truenos, el cielo se oscureció aun mas, comenzó a acariciar la cara de el con aquellos dedos largos, le fue quitando la remera , Julio no se movió, esperaba. Sobre el torso desnudo , Angela comenzó a besarlo, la piel de Julio se sensibilizó, sintió el efecto, intento levantarse, Angela lo detuvo.
- Esta por llover - dijo Julio.
- Aun falta - contesto Angela. Mientras seguía acariciándolo suavemente, Julio sintió fuego en su interior, Angela intento calmarlo. - No tengas miedo - dijo, - en algún momento tendrás que crecer y yo puedo hacerte crecer ahora, si vos queres -, agrego.
- Si - respondió Julio,- Quiero - Sin saber con exactitud a que se refería Angela.
Ella se paro y delante de el se quito la bombacha, con una naturalidad asombrosa, saco primero una pierna y luego la otra para luego hacer un bollito con ella y colocarla entre las hojas de la planta de tabaco. Se quito lentamente los lentes, tenia puesto un vestido corto color celeste, como sus ojos. Se fue acercando a Julio mientras este se excitaba con solo verla, ella se sentó a su lado y comenzó a besarlo, el se entrego sin ofrecer resistencia. Angela lo recorrió con su boca en toda su extensión, Julio cerro los ojos, sintió crecer su pene, le dolían las vísceras, tal vez por la posición en la que estaba pero para no perder el encanto no se movió. Angela luego de algunos minutos eternos se levanto y desabrocho el cinto que sostenía el pantalón de Julio y con un solo impulso los bajo arrastrando en el mismo movimiento también los calzoncillos de este, se levanto hasta la cintura el vestido y se monto arriba de el. Julio intento escapar inconscientemente, pero ya era tarde, sintió sobre su miembro totalmente erecto el pubis velloso de ella, que comenzaba a moverse lentamente en cuclillas haciendo un vaivén hacia adelante y hacia atrás manteniendo increíblemente aquella posición incomoda mientras le decía a Julio - Queres penetrarme, verdad ? , - Sabes como es esto ? -. Julio no respondía, estaba horrorizado y paralizado. Ella comenzó a gemir y el sintió un desgarro interior que no podía contener. Comenzó a llover con gotas muy grandes cayendo sobre el piso, aun ellos no se mojaban.
 Angela le imploro que le quitara el vestido por encima de su cabeza, el le hizo caso dejándola por fin totalmente desnuda, cuando la vio Julio en un intento de desesperación incontrolable apoyo su boca abierta sobre su pecho pasando la lengua sobre aquella punta rosada y firme con la que soñaba noche tras noche. Escucho entonces gemir a Angela y la sintió levantarse un poco hasta que sintió como su pene era devorado totalmente entre las piernas de ella por una piel cálida y húmeda que lo comenzaba a subsionar, cerro los ojos en aquel momento y sintió como ella casi roncaba con su vos, conteniendo los gritos y sintió el dolor en su espalda apoyada sobre la corteza del árbol, ya que ella abrazándolo se había aferrado con sus dos manos de aquel tronco apretándolo contra el como si quisiera ahogarlo, sintió como explotaba su miembro sin saber que hacer, grito sin querer, mientras ella reía y gemía ahogándolo con su lengua que lo penetraba casi al borde de hacerlo vomitar.
No sintió nada mas hasta que ella lentamente fue aminorando el vaivén y lo fue soltando despacio, recién en ese momento sintió su espalda ardiendo por las marcas que el árbol había dejado y por las uñas que ella le había clavado, allí recién abrió nuevamente los ojos y la vio a ella en el éxtasis, incontenible, recién entonces se sintió empapado y escucho los truenos y vio lo negro del cielo y sintió frío y se sintió la piel de gallina la abrazo con fuerza. Angela volvió de repente y lo volvió a besar preguntándole - Estas bien - , Julio . - Si creo que si, - respondió todavía un poco agitado. - Veni -, dijo ella , levantándolo de a poco, permitiendo que el sintiera otra vez como aquella piel tan sensible iba saliendo de su pene aun erecto. Ambos se pararon, Julio intento elevarse los pantalones, pero ella le dijo que se los quitara, Julio no se opuso. Lo llevo corriendo entre las plantas bajo la lluvia torrencial al cuarto de las herramientas.
Julio la seguía mirando deslumbrado, había escuchado y hablado de todo lo que ahora había experimentado con sus amigos de la escuela, pero nunca creyó que una relación era tan especial y placentera como la que había vivido..
Vio que Angela colocaba una lona sobre el piso, - recostate aquí - dijo ella señalando el lugar, Julio acepto, mientras se tapaba su miembro con las manos, sentía vergüenza , Angela lo miraba fijamente, mientras se ponía el vestido. Se arrodillo y comenzó a besarlo en el cuello en la oreja , en los ojos y comenzó a bajar por el pecho, hasta llegar al pene de Julio, separo las manos de el con fuerza, quien aun intentaba cubrirse y se lo comenzó a besar mientras decía - aun quiere jugar -, se lo puso totalmente en la boca como si fuese un caramelo y Julio cerro los ojos para entregarse, ella comenzó a subsionarlo lentamente, el volvió a sentir el cosquilleo en su interior, ella comenzó a metérselo y sacarlo de su boca cada vez con mayor rapidez mientras se frotaba con una mano la entrepierna. Julio no pudo aguantar mas aquella tortura y como un resorte incorporo su cabeza justo en el instante mismo de estallar dentro de aquella boca sensual, quería escapar , pero Angela lo fue calmando lentamente hasta dejarlo rendido a lo largo de la lona sin mas fuerzas para luchar, solamente escuchando los truenos de la tormenta. No le quedaron ganas ni para incorporarse cuando la escucho a ella jadear y gritar ahora descontroladamente, solo sintió su cuerpo ardiente cuando se puso a su lado y lo abrazo.
La tormenta duro toda la tarde aunque en el interior de Julio duraría toda la vida.


El verano había pasado mas rápido que en años anteriores, Julio había crecido sin saberlo, ya sus sueños no serian iguales a los de antes, ya en su intimidad sus sombras comenzarían a perseguirlo, ya en su corazón había quedado una marca profunda, difícil de quitar.
Luego del inicio de las clases, los fines de semana Julio visitaba a sus abuelos, como excusa para poder ver a su tía, pero Angela ya había cumplido su rol de guiarlo en sus primeros pasos en el sexo y parecía distante, innorándolo a veces por completo, Julio sentía aquel rechazo y era torturado hasta la desesperación por sus pensamientos.
Varios meses pasaron de la misma forma, Julio buscándola en las siestas debajo de la galería, en la quinta en el cuarto de las herramientas, en sus propios sueños y Angela esquivándolo por doquier en cualquier parte.
Lo mas duro para Julio fue aquel fin de semana que llego a la casa de su abuela y se entero que sus tíos se habían mudado a una casa que habían comprado en la localidad de San Miguel, se desespero, se sintió solo, inconcluso, abandonado y maldijo los atardeceres grises, las nubes tratando de formar las figuras que las personas dicen que ven al verlas pasar, las noches estrelladas y las luces de la capital, porque a partir de aquel momento Julio comenzó a desvanecerse, a morirse cada día, a consumirse en un fuego, doloroso, agonizante, final.