Las sombras.
Ernesto Víctor Basile
Marzo 1998
Corrí aquella mañana de sol hacia la panadería, diez largas zancadas por el pasillo de mi casa de baldosas amarillas y rojas, al llegar a la puerta de calle sin detenerme apoye mis manos sobre el pilar izquierdo y brinque de costado apoyando mi piernas sobre el pilar derecho, luego me lance hacia la vereda, siete zancadas mas hasta la casa de Don Chicho, sin levantar la cabeza para que el viento no me pegara en el cuerpo y poder avanzar mas rápido, justo en la esquina de casa , cuando iba a doblar hacia la calle Zapata, me detuve atónito y pude ver lo que estaba sucediendo, cientos de hombres gritando aquí y allá, camiones que iban y venían y una Yhond Deere enorme, amarilla que estaba levantando con su pala metálica de uñas de acero, lonjas de tierra que se resquebrajaba a su paso, mientras humeaba por la chimenea , moviendo la chapa que hacia de tapón detrás del conductor. Nunca me había imaginado aquello , ya habían sacado desde la calle Beruti hasta la calle Zapata más de dos metros de tierra , mientras una máquina con dos enormes rodillos uno delantero y otro trasero como la que pisaba a Silvestre en los dibujos animados , estaba alisando lo que sería la calle. Una topadora de pala movible arrastraba el sobrante hacia la esquina de Gutiérrez. La zanja con los puentecitos de madera donde se había caído doña Yulsemina ya no estaba, habían desaparecido borrados por el progreso. Fui lentamente hacia la panadería, era verano y hacia calor, vi a los obreros de piel curtida con los dorsos desnudos, con remeras o pañuelos cubriéndose la cabeza y no salía de mi asombro. En la panadería estaban alborotados, había llegado el asfalto, cuando regrese hacia mi casa comiendo como todos los días la figacita que Felipe me regalaba, vi a algunos de mis amigos en la esquina sentados contra la pared de la casa de Don Chicho, tal ves imaginando la cancha de hoyo pelota, donde solíamos jugar ya no estaría mas, ni tampoco la canchita de bolitas con su hoyo y su "mita". Me senté un rato al lado de ellos, no hablábamos solo mirábamos atónitos como en un corto tiempo todo se transformaba frente a nuestros ojos. Me levante al tiempo y me dirigí a mi casa, mi madre cocinaba alcauciles hervidos en vino en la olla que humeaba como la enorme Yhon Deere, le pregunte si sabia lo del asfalto, contesto alegremente que si, que por fin la casa no se llenaría mas de tierra y que a partir de ahora mi hermano y yo podríamos ir al colegio hasta los días de lluvia, pensé en aquel momento que algo estaba mal y callado me fui a mirar desde el patio de mi casa. Los obreros golpeaban unos fierros para sostener lo que seria el molde de los cordones, tomaban medidas, nivelaban, iban de aquí para allá.
Cuando mi madre me llamo para almorzar los ruidos de las maquinas ya no se escuchaban, solo había un ruido de voces lejanas y un olor a carne asada que inundaba todo el barrio.
Almorcé junto con mi padre y mi hermano. Papa decía que ahora podría entrar la camioneta vieja que teníamos sin problemas cuando lloviera y yo recordé lo lindo que había sido la ultima vez que fuimos debajo de la lluvia a colocarle las cadenas a las ruedas para que pudiera entrar por la calle totalmente enlodada, avanzando lentamente desde Saenz Peña la única calle asfaltada hasta la puerta de mi casa. Recordé también como todos los vecinos se ayudaban entre si; para que entrara el lechero Orea, el panadero de la Panificación con su carro y me quede pensando con la mirada perdida cuando había sido que le abrí la puerta de calle a Don Antonio Vidal y lo hice pasar para que mi padre lo recibiera debajo del parral de uva chinche, lo invito en aquel instante con una cerveza y le preguntó donde había que firmar, fue en aquel momento donde todos los vecinos se habían puesto de acuerdo, tendría que haberle dicho que mi padre no estaba, ahora ya era demasiado tarde.
A la hora de la siesta salí a la calle caminando lentamente con mi perra Pinky, me senté acariciándola en el umbral de mi casa, otra vez las maquinas prendieron sus motores al tiempo llego mi gran amiga de la infancia María del Amor y mientras se sentaba a mi lado me dijo algo sobre la enorme montaña de tierra que se levantaba frente a su casa, se la notaba contenta, me pregunto si yo lo estaba, ya que según ella ahora cuando estuviera terminado el asfalto, se podría circular sin problemas de caernos con las bicicletas en las zanjas -.
Podríamos ir los domingos a misa aunque lloviese- y no se cuantas cosas mas me dijo.
Yo no le conteste, ella decía lo mismo que todos los mayores, el barro , la tierra, la zanja de agua estancada y sucia, todo va a desaparecer para mejor y yo solo pensaba - Si - , - también desaparecerá las escondidas, los partidos de fútbol, el hoyo pelota, las bolitas, el salto sobre los puentecitos, el canto de los grillos en verano, las luciérnagas. - Si todo desaparecerá. _
Como no le conteste nada, volvió a dirigirme la palabra preguntando - Irán a la noche a jugar a las sombras.-
Y ahora si , la mire directamente a los ojos, un frío eterno corrió por mi espalda, había hasta olvidado el juego de moda que habíamos impuesto. Por las noches solíamos ir debajo de la lampara que había justo frente a la casa de María del Amor, ella vivía cerca de la esquina y la compañía de electricidad en las calles largas solía poner una lamparita con una pantalla de chapa color verde que se movía al son del compás de los vientos. Nosotros solíamos ir debajo de esta que proyectaba una sombra sobre el piso y así jugar a un juego que consistía en disfrazarnos de Cowboys aunque algunos de nosotros teníamos solamente una replica de un col 45 en plástico, unas cartucheras en las mejor de las veces en cuero que adosábamos a los cintos de elásticos que se habían puesto de moda por aquellos años. Ya en el lugar teníamos que elegir una pose y mantenernos inmóviles durante unos diez minutos para que el jurado nos pudiera ver y darnos un puntaje. También aquello iba a desaparecer, me entristecí aun mas. La salude a María del Amor sin siquiera contestar lo que me había preguntado y empece a recorrer cada una de las casas de mis amigos, todos estaban tristes, aun mas cuando les dije que ya no podríamos jugar a las sombras, porque cuando terminaran el asfalto y lo habilitaran seria imposible quedarnos estáticos los diez minutos reglamentarios pues era seguro que antes de ese tiempo pasaría algún vehículo. Todos quedamos que no encartaríamos a las 9 de la noche para jugar por ultima vez. Incluso fuimos a avisarle a " Chirola " De Lucca quien casi seguro que ganaría ya que su padre hacia rato que le había regalado dos replicas de hierro exactas del Colt con sus respectivas cartucheras de cuero y tenia un sombrero de su abuelo que era una replica exacta del que usaba Rod Roger en la serie televisiva y con aquellos pantalones frisados de jean, era casi imposible ganarle, pero como era la ultima vez que jugaríamos no nos importaba.
Fui alrededor de las cinco de la tarde a mi casa a tomar la leche, luego estuve en el antiguo gallinero en desuso practicando poses, quedándome estático durante largo ratos, ninguna de las poses me gustaban, quería ganar yo por ultima vez de bronca por lo que esta pasando, me sentía cómodo con las calles de tierra, me quede pensando y llore solamente pensando en María del Amor con el asfalto listo para conocer el mundo de mas allá de las dos cuadras.
A las 9 de la noche mire hacia la esquina desilusionado y lo vi a Chirola que ya estaba practicando haciendo relucir sus revólveres girando sobre sus manos, en un intento desesperado pensé un segundo y recordé el disfraz de indio que mi madre me había hecho para el acto escolar de cuarto grado. Sabia donde lo guardaba, corrí a ponérmelo, me picaba el pantalón por la arpilleras de que estaba confeccionado, pero lo soporte, solo pensando en la cara de María del Amor, en sus ojos marrones cuando me viera y en aquella boca rosada que dejaba ver cuando sonreía los frenos plateados, que trataban de enderezar sus dientes blancos, era muy linda para dejar pasar la oportunidad de ganar.
A medida que caminaba llegando al lugar, note que todos me miraban sin decir nada solo murmurando a mi paso, nadie jamas se había disfrazado de indio para jugar a las sombras. Fui viendo una a una las caras de asombro, cuando llegue cerca de la montaña espere mi turno, pasábamos de a cinco y nos manteníamos quietos, estáticos con la pose que habíamos elegido unos diez minutos, mientras los jueces nos observaban de uno otra perspectiva, a veces nos tentábamos y éramos descalificados por no poder aguantar la riza. Mire hacia la vereda justo en el momento en que nos llamaron para posar. María del Amor me mostró sus dedos cruzados en el ultimo movimiento de cabeza para posesionarme divise como se enfumaba su imagen, abrí luego el arco sobre mi pecho manteniendo la flecha con mis dedos pulgar e índice, respire profundamente y espere, solo escuchaba los grillos cantar, ni siquiera vi al juez cuando se acerco a evaluarme, mi ente quedo en blanco a tal punto que me tuvieron que zamarrear para decirme que había pasado a la final. Recién allí volví a respirar hondamente. Todos estaban ahora discutiendo a gritos como siempre, había ahora cinco minutos para descansar. María del Amor se acerco a mi me dio un beso en la mejilla mientras me arreglaba la bincha con plumas que tenia puesta en la cabeza, me dijo que Chirola también había pasado a la final con sus magníficos revólveres plateados y también Oscar con una replica de un rifle hecho de madera tallado perfectamente. Supe que seria muy difícil. María me tranquilizo diciéndome que ganaría.
Un viento húmedo comenzó a levantarse, pense estúpidamente que el mal tiempo que se acercaba podría retrasar las obras.
Cuando Jorge toco el pito para prepararnos, María del Amor se acerco a mi y me beso en la mejilla, estaba helada, tenia la piel de gallina, solo atine a decirle - No te Vayas. -, pero me di cuenta por su cara de extrañeza que no me entendió. Volví a estirar la cuerda del arco ahora con todas mis fuerzas como nunca lo había hecho mi brazo giro hacia atrás, tuve miedo de cortar el cordón pero aguanto, cuando el juez toco el pito para quedarnos quietos yo lance la flecha hasta el infinito y me quede inmovilizado. Un aguacero terrible se descargo sobre el barrio, truenos y relámpagos hicieron que todos corrieran, la lamparita con su pantalla se movía ahora enloquecida por el viento fortísimo que se había desatado y ahora ya en las sombras reflejadas en el piso de tierra parecían cientos de indios clamando sus derechos sobre sus propias tierras. Escuche a María del Amor gritar desde la galería de su casa - Cubrite, te va a hacer mal - veni que ya todos se fueron -.
Yo nada decía estaba extasiado inerte, solo pensando en ganar para que ella siguiera cazando mariposas, junto a mi en aquellas calles de tierra en la s tardes de verano.
De pronto note que se me hacia difícil mantenerme de pie, el barro se estaba escurriendo debajo de mis pies, la montaña comenzó a desmoronarse y por culpa que habían quitado las zanjas ahora un mar de barro y agua corrían por la calle, sentí el traje de arpillera cada vez mas pesado y vi las plumas de mi vinchas navegando por el agua sucia.
Ahora llovía tan fuerte que me dolían las gotas en el cuerpo, el viento definitivamente corto el cable que sostenía la lampara y todo quedo a oscuras fui caminando como pude hacia mi casa al pasar por lo de Jorge quien había sido el Juez, me alumbro con una linterna y grito - ganaste-, - sos el ultimo campeón -. Ya en mi casa cruce los riacho que se habían formado como pude estaba todo embarrado y me resbale cerca de los cordones de chapa que habían puesto los obreros, me agarre de unos fierros y tire de ellos arrancándolos, todo el chapón quedo a la deriva y desapareció rápidamente entre la fuerte corriente de lodo. Llegue a casa y antes de entrar mire hacia la casa de Chirola que vivía frente a mi casa, vi que estaba haciendo fintas con los revólveres y le grite - Te gane - No respondió.
Diecisiete días llovió torrencialmente sin parar un segundo, la montaña de la esquina según me contó mi padre que salía todos los días como podía para ir a trabajar, se había desmoronado y toda la tierra había vuelto a su lugar . Los vecinos estaban tristes ya que las obras se demoraban y yo me alegre.
Definitivamente las obras terminaron un año después, se inauguro el asfalto con una pequeña banda, el Sr. Vidal murió sin poder ver el final de las obras. María del Amor se quito los frenos y conoció el mundo. Yo me quede en el barrio y por las noches cerca de las 9 me doy una vuelta por la esquina para ver el deterioro general de aquel barrio y para esperar la tormenta definitiva que nos haga desaparecer a ambos de la faz de la tierra.
Ernesto Víctor Basile
Marzo 1998
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