El Paraíso
Diego lo conoció el día en que tras un descuido de su madre y luego de soltarse de su mano, se dirigió trastabillando con sus cortos pasos de niños, hacia la zanja de agua estancada, ante la mirada atónita de su madre Paula, que ya no podía alcanzarlo.
Esta respiro profundamente cuando lo vio tropezar con las raíces deforme del enorme paraíso. Diego lloro, se había raspado sus rodillas y talvez hasta lastimado sus pequeños dedos rosados del pie, ya que tenía puestas unas sandalias descubiertas color celeste. Tenía en aquel entonces dos añitos de vida y el paraíso tendría ya unos cincuenta o mas años a juzgar por su tamaño.
Aquel primer encuentro marcaría una amistad entre ambos.
El paraíso tenía unas raíces enormes que sobresalían de la superficie, entrando y saliendo por distintos lugares, con ellas había tropezado Diego antes de caer y romper en llanto.
A pesar del tortuoso primer encuentro Diego comenzó a jugar con el allá por el año 1958 cuando contaba con cuatro años, al mismo tiempo que comenzó a conocer a su amigo Mario.
El paraíso estaba plantado desde mucho antes que el pueblo se fundara.
Estaba ubicado a unos tres metros de la línea municipal justo frente a la casa de Mario.
Diego años después recordaba lo enorme que era, tenia un tronco de aproximadamente dos metros de diámetro, a la altura de los dos metros y medio se bifurcaba en tres grandes ramas casi de un metro de diámetro cada uno. La altura de su copa traspaso siempre la altura de los cables de la compañía de electricidad.
Doña Felisa, la abuela de Mario, era una mujer Italiana, gorda, que media como uno ochenta de estatura y quien a pesar de sus años, tenia la piel suave como un bebe y el cabello totalmente blanco.
Barría todas las mañanas las tortuosas veredas echas de ladrillos, quitando las hojas amarillentas que caían del enorme árbol, dejando así al descubierto las raíces, que a este mantenían en pie.
Diego alguna vez imagino que llegarían hasta el centro de la tierra.
Entre aquellos vericuetos que formaban las raíces, el y Mario crecieron escondiendo los pequeños soldaditos de plástico, se pasaban horas tratando de dejarlos parados, para luego apuntarles y tratarlos de voltear con una bolita japonesa.
Cuando ambos fueron más grandes, cerca de los seis o siete años aun seguían investigando en sus raíces, tratando ahora de posesionar sus bolitas, para que fuera más difícil para el contrincante poder pegarles luego de hacer el hoyo.
El paraíso siempre los cobijaba de las primeras gotas de lluvia.
Cerca de los nueve o diez años Ana, Oscar, Mario, Diego, Franco, Jorge, Celia, Alfredo, Pascual , Julia y Haydee sabían cuando estaban jugando a las escondidas, que si se desataba alguna tormenta, sobres las calles polvorientas de tierra, debían ir enseguida debajo de ese árbol, para seguir allí contando cuentos, esperando que pasara la lluvia, ya que debajo de su copa tan tupida los chicos no se mojarían hasta después de la primera media hora de comenzada la misma.
En el principio de la primavera el paraíso se dejaba trepar. El único impedimento era que uno de los chicos se debía quedar abajo hasta que todos subieran y le alcanzaran la soga que habían atado a sus ramas superiores
El que ayudaba a subir, debía colocar primero las manos entrelazadas a la altura de su entrepierna y los demás iban poniendo un pie en este estribo mientras eran lanzados con un impulso hacia arriba. Cuando subía el último, le bajaban una soga y este trepaba entre las risas de todos, quienes comenzaban a buscar lugares mas altos mientras se empujaban entre ellos, riéndose a carcajadas.
En aquellos días, sacaban ramas de la parte mas altas del paraíso, para cazar mariposas, uno de los juegos preferidos de aquellos años. Aquellas ramas eran perfectas, las mas flexibles de todos los árboles de la villa y las mas tupidas de hojas que conocían.
Servían de buena manera, ya que para atrapar las mariposas se necesitaba pegarles un mandoble para atontarlas, y así cuanto mas hojas tenían las ramas, menos posibilidades de lastimarlas.
Muchos de los amigos de Diego las coleccionaban y otros soñaban con llevárselas y vendérselas al farmacéutico del barrio, ya que se decía que el boticario las compraba para hacer perfumes con ellas.
Nunca se pudo comprobar, si esto era así, ya que nunca nadie se atrevió a ofrecérselas a pesar que se tomaban el trabajo de separarlas, los galerones de las lecheras y estas de las limoneras.
En el verano a la hora de la siesta, el paraíso oficiaba de poste de uno de los arcos en los desafíos de dobles de cabeza, todos siempre peleaban para estar del lado de el, ya que era tan gordo, que la pareja que le tocaba su lado parecía que tenían un integrante mas, pues muchas de las pelotas que indefectible irían al gol, rebotaban en su estructura.
Cerca de las seis de la tarde cuando los chicos comenzaban a salir bañados, cambiados y peinados, comenzaban a sentarse en sus raíces donde se organizaban charlas y partidos de truco hasta entrada la noche.
Cuando llegaba la época de ir al colegio Diego pasaba todos los días a buscar a su amigo Mario y a la hermana menor, para ir juntos a la escuela y mientras esperaba veía como caían las hojas amarillas y como se iba cubriendo la vereda de aquel manto amarillento que revoloteaba al son de los vientos.
Allá por la época en que los chicos cumplieron trece o catorce años, el paraíso aguanto sin quejarse que le tatuaran su corteza con iniciales y corazones hechos con cortaplumas afilados, incluso cobijo con su sombra nocturna los primeros amoríos y los primeros besos que Diego le dio a Ana allá por los años setenta.
Diego ya en la escuela secundaria cuando tenia examen, tenia una cabala, que consistía en tocarlo al pasar a su lado cuando se dirigía a tomar el colectivo y siempre le dio suerte.
Cerca de los diecisiete todos los amigos se seguían juntando debajo de su sombra los días sábados y domingos, tratando de cambiar el mundo.
El paraíso los vio cineastas, publicistas, médicos, escritores, abogados, técnicos, artistas, idealistas, revolucionarios, músicos, jóvenes y si que los cobijo.
Sin darse cuenta un día llego el invierno, fue demasiado largo, las sombra del 76 cada vez fueron mas oscuras, el miedo reino entre ellos, ya no se juntaban a su alrededor, ahora estaban prohibidas las reuniones.
El paraíso se quedo solo en la vigilia del final.
Aquella noche tumultuosa, de ruidos desconocidos para aquel barrio tranquilo, se precipitó a la madrugada.
Ululares de cientos de sirenas, luces rojas que giraban y el temido grupo de tareas que se aposto cerca de la esquina, después el silencio, la espera, el miedo, solo atinar a ver sin ver a través de las hendijas de las ventanas.
De pronto los tiros interminables, gritos, ordenes, el chirriar de las gomas y otra vez el silencio, la muerte y esperar despierto casi sin respirar que violentaran la puerta de cualquier casa, buscando no se que cosa, o simplemente buscando algún pensamiento diferente.
Las luces del día por fin llegaron, todos fueron saliendo a regañadientes de los mayores, no te metas, se escuchaba frecuentemente.
Al llegar a la esquina, el espanto, sangre por todos lados, la casa de Mario semidestruida por las balas, todos atónitos miraron hacia el paraíso, estaba totalmente agujereado y astillado como si hubiese querido interponerse ante la barbarie.
Había una gran rama tirada en el piso, pedazos de su corteza habían saltado hasta la mitad de la calle. Sobre su tronco las balas de itaka habían dejado agujeros increíbles.
Todos se juntaron sentándose al pie de sus raíces, solo falto Mario, nadie nunca mas supo de el, nadie nunca más dio explicaciones.
Ninguno supo que hacer con el árbol, nadie pudo cerrar sus heridas que siguieron largando un líquido blanco más allá de la primavera.
Sus brotes como otros años ya no aparecieron y con el tiempo sus ramas se fueron secando, después del gran temporal todos estuvieron seguros que llegaba el final pues un gran brazo cayó al piso como fulminado y solo vasto esperar.
Los vecinos por miedo, llamaron en Octubre a la municipalidad, una cuadrilla de hombres, tantos como aquel grupo de tareas, se presento con serruchos eléctricos, picos, palas, sogas, hachas y le otorgo el certificado de defunción.El paraíso casi no ofreció resistencia
Cerca de las dos de la tarde una gran topadora, luego de dos o tres golpes, venció su resistencia final y lo tumbo .Los hombres comenzaron a desguazarlo con sus equipos eléctricos, sus hachas, sus miserias, sus broncas y su cinismo, alegres como si hubiesen triunfado sobre sus propias penas, sus agonías, sus miedos, como si definitivamente hubiesen vencido a la desocupación, al hambre, a la ignorancia.
Hasta hicieron un pozo para quemar sus raíces, le tiraron cal, como si quisieran borrarlo de la faz de la tierra, como si hacerlo desaparecer quitaría de la memoria de aquellos adolescentes los recuerdos mas tiernos que guardaban de su amigo el paraíso.
Los vecinos cómplices limpiaron todo vestigio de su paso por la villa.
Nada quedo de el.
Diego recordó entonces que al otro día que asesinaron cobardemente a Mario y a toda la familia de su amigo, en los diarios apareció una noticia que daba cuenta que la policía y los militares se habían enfrentado a una célula comunista.
Ahora también esperaría la noticia del día siguiente, talvez se enteraría que el paraíso también era comunista y que por ese motivo lo vinieron a matar.
Muchos de aquéllos adolescentes se fueron del barrio, aunque cada tanto se juntan en la misma esquina, en la misma vereda de la casa de Mario
Ya no hay árbol, pero en este lugar por las tardes soleadas, siempre hay una gran sombra cubriendo y si alguna vez comienza a llover, todos saben que aun durante media hora podrán seguir charlando, podrán seguir soñando.
El Paraíso Ernesto Víctor Basile 1981
Para mi amigo Mario que siempre lo llevo en mi corazón y a quien le pido perdón por no saber su apellido ya que cuando uno es chico no valen los apellidos, los credos, la religión o las clases sociales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario