miércoles, 11 de agosto de 2010

Cuando Margarita se hizo ángel

Cuando Margarita se hizo ángel






Ahí esta, ahí esta! - Gritaba la tía Chiquita, mientras comenzaba a llorar abiertamente.
La casa se alboroto por los gritos.
Bernardo, su esposo, corrió prontamente.
- Que pasa?- Preguntó, mientras la abrazaba.
- En la sala, mira hacia la sala. - Decía tía Chiquita.
- No veo nada, mujer, no veo nada,- dijo Bernardo, mientras revisaba
visualmente toda la habitación y luego agregó. - No hay nada, tranquilízate. ¬La tía Chiquita siguió llorando y moviendo espasmódicamente la cabeza. Cuando entró Antonio, quien acudió por los llamados de Bernardo, tampoco observó nada.
Le alcanzaron un vaso de agua, mientras Antonio y Bernardo se miraban entre sí sin entender. Luego la sentaron en el comedor e intentaron en vano calmarla.
Cuando tía Chiquita tragó el agua, se compuso e insistió, con que había visto las tres estrellitas debajo de la mesita ovalada de roble, que estaba desde siempre en medio de la sala de lectura.
Bernardo le pidió entonces a Antonio, que fuese por el médico de la familia, seguro de que aquellas palabras pronunciadas por la tía Chiquita, eran la señal para que intervenga el facultativo.
Tía Chiquita no podía ser convencida de que lo que había visto en realidad no lo había visto.
Cuando llegó el médico, le suministró unos calmantes y luego de un rato, la llevaron a descansar a su cuarto.
Bernardo se quedó charlando con el doctor, quien le explicaba que la señora Ángela, su esposa, estaba muy impresionada por el fallecimiento de la hija de ambos, que había acontecido un mes atrás y le aseguró que el tiempo cerraría aquella herida. Mientras tanto había que calmarla y esperar.



Parte II



Javier se hamacaba en el columpio blanco de asiento de madera, al compás del ruido que hacía el bombeador de agua, tum - tum, tum - tum.
El columpio, cuando regresaba hacia atrás, pegaba un saltito, porque tenía el taco de goma de una de su pata gastado.
Observaba el patio grande, de baldosas de cemento, mientras olía el perfume que despedía la planta de quinotos, que estaba a su derecha.
Cada tanto en el silencio de la tarde, se escuchaba a lo lejos el paso del ferrocarril Belgrano, que pasaba por la estación de Villa Adelina.
Javier disfrutaba, mientras algunos dormían la siesta y Norma, su madre, charlaba en la cocina, con la tía Chiquita.
Una vez por semana aproximadamente, visitaban a la tía.
Javier, la noche anterior a estas visitas, no conciliaba el sueño pensando en la sorpresa que recibiría, ya que siempre lo esperaban con un juguete para obsequiarle.
El esposo de su tía, Don Bernardo Ré, era su padrino de bautismo. Un hombre de talla corta, pelo abundante lacio y cara redonda, tendría por aquel entonces unos cincuenta y cinco años. Había llegado de Italia solo, cuando tenía quince años.
Cuando Javier lo conoció, tenía un buen pasar económico, había hecho alguna diferencia de dinero con unas quintas que había arrendado en la zona de Villa Adelina, lindero a las tierras de la familia Ader, allá por el año 1935.
Luego de algunos años terminó comprando aquellas tierras y cuando todo aquello se loteó terminó con una pequeña fortuna, al tiempo que contraía matrimonio con Ángela Basil, la tía Chiquita, quien era, unos treinta años menor que él. En su matrimonio habían tenido dos hijos, Margarita y Bernardo Mario.
Alrededor de las cinco de la tarde, la tía Chiquita, preparaba sobre una mesa de mármol, con pié de hierro forjado, la merienda, y ponía varios platos con galletitas de animalitos mezclados con confites de diversos colores, de aquellas que a Javier le gustaban tanto.
Javier, esperaba el momento en el que se abriría el mosquitero y aparecería Margarita, caminando dificultosamente ayudada por la tía Chiquita y su madre.
Cuando la sentaban en el sillón de mimbre, Javier se ubicaba alejado de ella, le daba un poco de miedo estar a su lado, por los gritos que a veces daba. Margarita siempre tenía puesto los zapatos ortopédicos, tipo botitas acordonadas de color marrón. Sus piernas eran flacas y muy blancas, con unos pelos negros que Javier jamás había visto tan largos.
Siempre estaba muy abrigada, hasta con una capita de lana tejida al crochet sobre sus hombros.
La tía Chiquita siempre le ponía un babero, a pesar que era mucho más grande que Javier, siempre se babeaba.
Javier solo sabía que era enferma. Alguna vez escucho a sus padres decir que de muy chica había sufrido una enfermedad llamada meningitis. No se animaba a preguntar nada más.
La miraba a ella, sorprendido de como se ensuciaba, cada vez que comía y le llamaba la atención los sonidos guturales que emitía, mientras agitaba nerviosamente cualquier juguete que le era suministrado.
Las visitas se hacían frecuentemente. Javier fue perdiéndo1e el miedo al tiempo que descubrió que cada vez que llegaban a la casa de visita, Margarita se ponía contenta y se sacudía en el sillón, mientras que pronunciaba bastante claro el nombre de Javier.
Margarita prácticamente no elevaba los brazos más arriba de sus faldas, pero cuando Javier se acercaba para saludar1a, ella intentaba abrazado.
En los primeros tiempos, Javier escapaba a aquel beso, ya que le provocaba una sensación de asco, pues Margarita lo babeaba todo, pero con el correr de los años ya no le importaba y se podía decir que hasta gozaba con aquellas caricias que le propinaba Margarita.
Javier fue queriéndola cada vez más, hasta le prestaba los juguetes que su tía le compraba.
A Margarita le gustaba quitarle las ruedas a los camioncitos de plástico para luego tirarse1a a Javier, que con mucha paciencia los volvía a armar.




Parte III

Una mañana de abril, Norma la madre de Javier, lo despertó. Estaba muy preocupada, casi lo sacó de la cama a los empujones. Cuando se despabiló y llegó a la cocina de donde llegaban voces, con sorpresa vio a Antonio que se acercó a saludarlo.
Antonio era una especie de abuelo de Margarita y Mario.
Javier pensó que era raro o por lo menos extraño que haya venido a su casa por una visita de cortesía, algo habría pasado, que él no sabía. Vio la cara de preocupación tanto en Antonio como en su madre.
Terminó de desayunar y él y su madre acompañaron a la visita hasta la puerta de calle. En la calzada vio el camión marca Chevrolet 1942 que era de su tío Bernardo.
Apenas se marchó Antonio, Javier preguntó a su madre a que había venido y por que se marchaba tan rápido.
Su madre respondió - Margarita está enferma, y tendremos que ir a verla. -.
Javier no le dio tanta importancia ya que después de todo, Margarita siempre había estado enferma. Se quedó pensando más que nada en la cara de Antonio.
Antonio era un señor muy alto de unos setenta años. Había llegado al país desde su Italia natal, solo en un barco de carga.
Conoció en el mismo puerto a Bernardo y desde entonces había trabajado para la familia, ayudando a Bernardo, acompañando a Bernardo Mario al colegio, cortando el césped en la casa o en cualquier otra tarea que le encomendaran. Para todos era un integrante más de la familia.
Javier y su mamá, tomaron al rato un colectivo que los dejó cerca de la casa de tía Chiquita. Al llegar había varios vecinos en la puerta del chalet. Javier pudo ver a la señora Alemana que vivía en la casa de al lado, también estaba la mamá de René, que era un amigo de su primo Mario, a quien encontró llorando en el patio. Cuando se acercó a él, éste lo abrazó y le dijo: - Margarita no se despertó esta mañana, parece que está muerta -.
Javier abrió los ojos grandes, nunca antes había oído hablar de la muerte.
Se sintió mal, no podía entender que pasaba, pero notaba que algo grave sucedía, porque en la salita de entrada estaba su tío Bernardo, acompañado por Antonio y el médico de la familia conversando con ellos y Javier solo pudo escuchar ¬que .-había que esperar -.
Nadie le explicó a Javier que era lo que había que esperar, pero el empezó a rezar para sí mismo, como si eso hiciera mejorar la salud de Margarita, a quién no le habían permitido ver, ya que estaba en su cuarto solo acompañada por su tía Chiquita.
Javier cansado de estar sentado, fue al patio trasero. Comió algunos quinotos de la planta y se sentó en el columpio. Se fue quedando lentamente dormido sobre éste, mientras escuchaba algunos lloriqueos que venían de la habitación de Margarita.
Sobresaltado por el grito de su primo, se despertó, cerca de las seis de la tarde.
Mario estaba eufórico. - ¡! Volvió, volvió!!! - gritaba, mientras lo sacudía para despertado.
Javier se incorporó y fue corriendo para la habitación.
Todos estaban consternados. Ahora vio a la tía chiquita, llorar junto con su madre, mientras le decían a él que entrara para ver a Margarita.
Cuando Javier entró, ella estaba sentada en la cama, al verlo extendió los brazos y meneando la cabeza hacia ambos lados, decía - Da - vier, da - vier. Javier se acercó y le dio un abrazo grande y fuerte, se puso contento, Margarita realmente había vuelto.
Por la noche, luego de que todos se marcharon, incluido el médico, Bernardo y Antonio hicieron un asado a la parrilla, en el quincho del fondo. Todos estaban muy contentos.
Javier se enteró allí, mientras sus padres conversaban, que Margarita se había dormido el día anterior a las seis de la tarde y no había vuelto a despertar hasta veinticuatro horas después.
El médico había dicho que estaba en coma y que las probabilidades de que volviera en si eran mínimas, pero Margarita volvió, sin el más mínimo síntoma de haber estado casi muerta, con el mismo buen humor de cuando se despertaba de la siesta diaria; ni siquiera se habría preguntado porque había tanta gente en la casa.
Al regreso a su casa, Javier se acostó y se puso a pensar sobre la muerte por primera vez. Se sintió vulnerable, transpiraba en su cama mientras recordaba el día vivido, pensando sobre todo en que podía dormirse ahora y no despertar jamás.
Esto último lo aterraba, más que el dolor que la misma muerte podría provocarle.
Pensaba que en cualquier momento podría dejar de ver a sus seres queridos o podría ser que sus seres queridos no lo vieran más a él.
Se durmió muy tarde pensando en la pobre Margarita.
El Domingo siguiente Javier y sus padres, fueron a la localidad de Lujan de visita. Tenían allí algunos parientes y aprovecharon para visitarlos e ir a la iglesia.
A Javier no le gustaba ir a la misma, pero aquel domingo no hizo falta que le insistieran.
En la Catedral, rezó por su prima, para que nunca más se quedara en coma. Cuando salieron de la Iglesia, insistió a su madre para que ésta comprara una bincha de plástico con tres estrellitas que había en un puesto callejero y una virgencita que estaba puesta en una especie de frasquito, que al moverlo provocaba el efecto de una nevada sobre la virgencita de Luján.
Se lo envolvieron para regalo y él mismo lo cuido hasta que se lo llevaron de regalo a su prima Margarita, a la semana siguiente.
Cuando Margarita los abrió, brincaba de alegría.
Le habían gustado tanto, que luego de que le pusieran la bincha, continuamente se pasaba una mano por la cabeza para saber que estaba bien
puesta, mientras que con la otra mano hacia girar el vasito con la nieve que caía continuamente, mientras ella se reía.
Javier la veía dormirse con la virgencita en su falda y observaba la cara de
felicidad que tenía.





Parte IV

Cuando Javier tenía trece o catorce años y ya la visitaba sólo, ella siempre llevaba aquella bincha colocada sobre su cabeza, manteniendo sus cabellos en orden.
Con el correr del tiempo lamentablemente hubo dos episodios más en los que Margarita se quedó inerte más tiempo del acostumbrado. La última vez fueron casi treinta y seis horas, pero otra vez cuando nadie lo esperaba ella despertó con toda la gracia.
Pasaron los años y un día otra vez vino Antonio a avisarle a los padres de Javier que Margarita estaba muy mal, por aquel tiempo no había teléfonos, así que corrieron nuevamente y aquella vez a diferencia de las anteriores, Javier tenía un nudo en el estómago, como presagiando algo malo.
Cuando llegaron a la casa de la tía Chiquita, el médico la había revisado y clínicamente la había declarado muerta, pero igual todos esperaban el milagro. Fue en vano, Margarita no volvió en sí y la enterraron en el cementerio de San Isidro, un día de lluvia torrencial.
Al volver a la casa luego del funeral, Javier y su mamá se quedaron acompañando a la tía Chiquita.
Javier vio como juntaban las ropas anchas de Margarita, sus zapatos abotinados, sus pequeños juguetes. Todo lo pusieron en cajas y Mario su primo se las llevó al orfanato.
Solo quedó en la habitación de Margarita la virgencita que Javier le había regalado.
Javier recordó que desde ese mismo día comenzaron los problemas.
Todo empezó cuando notó que en la habitación solitaria, sobre la virgencita caía la nieve, pensó en aquel momento que alguien la había movido, pero lo ilógico era que no paraba de caer, como si alguien la agitara continuamente. Como no le encontró explicación se lo comentó a su madre, ésta sin pensado dos veces tomó la virgen para que tía chiquita no se preocupara o se asustara y se la llevó a su casa, guardándola en la parte superior del ropero de pinotea, dentro de una caja y allí quedó olvidada.
Dos meses después tía Chiquita comenzó a ver las estrel1itas debajo de la mesita ovalada.
Fue al psicólogo, vio al médico, hizo todo lo que le indicaban, incluso dejo pasar el tiempo , pero siempre que ella se encontraba sola veía las estrellitas, tanto era así que para que la dejaran de molestar con que era solo su imaginación o que estaba aun muy impresionada, etc., etc., ella dejó de decir que era lo que veía.
Un día la tía Chiquita ya muy avanzada en edad llamó a Javier y le comentó que la noche anterior, Margarita se le había aparecido en una imagen frente a ella y le había dicho que se había convertido en el ángel de la guarda de él y que no se preocupara por nada ya que ella lo iba a cuidar.
Javier impresionado, le agradeció a la tía esta revelación y cuando ya se estaba marchando la Tía Chiquita le dijo - las tres estrellitas que siempre veo, son las tres estrellitas que estaban en la bincha que vos le regalaste, me di cuenta ayer cuando la vi y ella la traía puesta.
Javier sonrió y se fue.
Cuando llegó a su casa, corrió sin detenerse hasta el ropero donde su madre diez años atrás había guardado la virgen de Luján con la nieve y volvió a sonreír cuando abrió lentamente la caja, sin moverla y descubrió que la nieve seguía cayendo sobre la virgencita.
Se puso contento por él y comenzó a pensar ahora si en toda la pobre gente que había muerto en el descarrilamiento del tren, en la estación de Benavides, cuando él salió ileso con su caña de pescar caminando entre los hierros retorcidos del vagón.
Recordó cuando en el año ochenta secuestraron e hicieron desaparecer a casi todos sus compañeros de la facultad.
Incluso pensó en aquella mañana que se sintió mal y no fue a trabajar a la oficina donde escribia historias clinicas, aquella misma oficina, que a las nueve y treinta de aquel día estalló por los aires junto con la mutual Judia.
Salió ahora a la calle con la frente en alto y rogó que Margarita nunca vuelva a quedarse dormida como en su vida mortal, para que lo pueda seguir cuidando como hasta ahora.
Envolvió la virgencita que no paraba de nevar, respiró profundamente y se sintió más seguro que nunca, mientras se perdía entre la gente.




Ernesto Víctor Basile

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