Cuando Margarita se hizo ángel
Ahí esta, ahí esta! - Gritaba la tía Chiquita, mientras comenzaba a llorar abiertamente.
La casa se alboroto por los gritos.
Bernardo, su esposo, corrió prontamente.
- Que pasa?- Preguntó, mientras la abrazaba.
- En la sala, mira hacia la sala. - Decía tía Chiquita.
- No veo nada, mujer, no veo nada,- dijo Bernardo, mientras revisaba
visualmente toda la habitación y luego agregó. - No hay nada, tranquilízate. ¬La tía Chiquita siguió llorando y moviendo espasmódicamente la cabeza. Cuando entró Antonio, quien acudió por los llamados de Bernardo, tampoco observó nada.
Le alcanzaron un vaso de agua, mientras Antonio y Bernardo se miraban entre sí sin entender. Luego la sentaron en el comedor e intentaron en vano calmarla.
Cuando tía Chiquita tragó el agua, se compuso e insistió, con que había visto las tres estrellitas debajo de la mesita ovalada de roble, que estaba desde siempre en medio de la sala de lectura.
Bernardo le pidió entonces a Antonio, que fuese por el médico de la familia, seguro de que aquellas palabras pronunciadas por la tía Chiquita, eran la señal para que intervenga el facultativo.
Tía Chiquita no podía ser convencida de que lo que había visto en realidad no lo había visto.
Cuando llegó el médico, le suministró unos calmantes y luego de un rato, la llevaron a descansar a su cuarto.
Bernardo se quedó charlando con el doctor, quien le explicaba que la señora Ángela, su esposa, estaba muy impresionada por el fallecimiento de la hija de ambos, que había acontecido un mes atrás y le aseguró que el tiempo cerraría aquella herida. Mientras tanto había que calmarla y esperar.
Parte II
Javier se hamacaba en el columpio blanco de asiento de madera, al compás del ruido que hacía el bombeador de agua, tum - tum, tum - tum.
El columpio, cuando regresaba hacia atrás, pegaba un saltito, porque tenía el taco de goma de una de su pata gastado.
Observaba el patio grande, de baldosas de cemento, mientras olía el perfume que despedía la planta de quinotos, que estaba a su derecha.
Cada tanto en el silencio de la tarde, se escuchaba a lo lejos el paso del ferrocarril Belgrano, que pasaba por la estación de Villa Adelina.
Javier disfrutaba, mientras algunos dormían la siesta y Norma, su madre, charlaba en la cocina, con la tía Chiquita.
Una vez por semana aproximadamente, visitaban a la tía.
Javier, la noche anterior a estas visitas, no conciliaba el sueño pensando en la sorpresa que recibiría, ya que siempre lo esperaban con un juguete para obsequiarle.
El esposo de su tía, Don Bernardo Ré, era su padrino de bautismo. Un hombre de talla corta, pelo abundante lacio y cara redonda, tendría por aquel entonces unos cincuenta y cinco años. Había llegado de Italia solo, cuando tenía quince años.
Cuando Javier lo conoció, tenía un buen pasar económico, había hecho alguna diferencia de dinero con unas quintas que había arrendado en la zona de Villa Adelina, lindero a las tierras de la familia Ader, allá por el año 1935.
Luego de algunos años terminó comprando aquellas tierras y cuando todo aquello se loteó terminó con una pequeña fortuna, al tiempo que contraía matrimonio con Ángela Basil, la tía Chiquita, quien era, unos treinta años menor que él. En su matrimonio habían tenido dos hijos, Margarita y Bernardo Mario.
Alrededor de las cinco de la tarde, la tía Chiquita, preparaba sobre una mesa de mármol, con pié de hierro forjado, la merienda, y ponía varios platos con galletitas de animalitos mezclados con confites de diversos colores, de aquellas que a Javier le gustaban tanto.
Javier, esperaba el momento en el que se abriría el mosquitero y aparecería Margarita, caminando dificultosamente ayudada por la tía Chiquita y su madre.
Cuando la sentaban en el sillón de mimbre, Javier se ubicaba alejado de ella, le daba un poco de miedo estar a su lado, por los gritos que a veces daba. Margarita siempre tenía puesto los zapatos ortopédicos, tipo botitas acordonadas de color marrón. Sus piernas eran flacas y muy blancas, con unos pelos negros que Javier jamás había visto tan largos.
Siempre estaba muy abrigada, hasta con una capita de lana tejida al crochet sobre sus hombros.
La tía Chiquita siempre le ponía un babero, a pesar que era mucho más grande que Javier, siempre se babeaba.
Javier solo sabía que era enferma. Alguna vez escucho a sus padres decir que de muy chica había sufrido una enfermedad llamada meningitis. No se animaba a preguntar nada más.
La miraba a ella, sorprendido de como se ensuciaba, cada vez que comía y le llamaba la atención los sonidos guturales que emitía, mientras agitaba nerviosamente cualquier juguete que le era suministrado.
Las visitas se hacían frecuentemente. Javier fue perdiéndo1e el miedo al tiempo que descubrió que cada vez que llegaban a la casa de visita, Margarita se ponía contenta y se sacudía en el sillón, mientras que pronunciaba bastante claro el nombre de Javier.
Margarita prácticamente no elevaba los brazos más arriba de sus faldas, pero cuando Javier se acercaba para saludar1a, ella intentaba abrazado.
En los primeros tiempos, Javier escapaba a aquel beso, ya que le provocaba una sensación de asco, pues Margarita lo babeaba todo, pero con el correr de los años ya no le importaba y se podía decir que hasta gozaba con aquellas caricias que le propinaba Margarita.
Javier fue queriéndola cada vez más, hasta le prestaba los juguetes que su tía le compraba.
A Margarita le gustaba quitarle las ruedas a los camioncitos de plástico para luego tirarse1a a Javier, que con mucha paciencia los volvía a armar.
Parte III
Una mañana de abril, Norma la madre de Javier, lo despertó. Estaba muy preocupada, casi lo sacó de la cama a los empujones. Cuando se despabiló y llegó a la cocina de donde llegaban voces, con sorpresa vio a Antonio que se acercó a saludarlo.
Antonio era una especie de abuelo de Margarita y Mario.
Javier pensó que era raro o por lo menos extraño que haya venido a su casa por una visita de cortesía, algo habría pasado, que él no sabía. Vio la cara de preocupación tanto en Antonio como en su madre.
Terminó de desayunar y él y su madre acompañaron a la visita hasta la puerta de calle. En la calzada vio el camión marca Chevrolet 1942 que era de su tío Bernardo.
Apenas se marchó Antonio, Javier preguntó a su madre a que había venido y por que se marchaba tan rápido.
Su madre respondió - Margarita está enferma, y tendremos que ir a verla. -.
Javier no le dio tanta importancia ya que después de todo, Margarita siempre había estado enferma. Se quedó pensando más que nada en la cara de Antonio.
Antonio era un señor muy alto de unos setenta años. Había llegado al país desde su Italia natal, solo en un barco de carga.
Conoció en el mismo puerto a Bernardo y desde entonces había trabajado para la familia, ayudando a Bernardo, acompañando a Bernardo Mario al colegio, cortando el césped en la casa o en cualquier otra tarea que le encomendaran. Para todos era un integrante más de la familia.
Javier y su mamá, tomaron al rato un colectivo que los dejó cerca de la casa de tía Chiquita. Al llegar había varios vecinos en la puerta del chalet. Javier pudo ver a la señora Alemana que vivía en la casa de al lado, también estaba la mamá de René, que era un amigo de su primo Mario, a quien encontró llorando en el patio. Cuando se acercó a él, éste lo abrazó y le dijo: - Margarita no se despertó esta mañana, parece que está muerta -.
Javier abrió los ojos grandes, nunca antes había oído hablar de la muerte.
Se sintió mal, no podía entender que pasaba, pero notaba que algo grave sucedía, porque en la salita de entrada estaba su tío Bernardo, acompañado por Antonio y el médico de la familia conversando con ellos y Javier solo pudo escuchar ¬que .-había que esperar -.
Nadie le explicó a Javier que era lo que había que esperar, pero el empezó a rezar para sí mismo, como si eso hiciera mejorar la salud de Margarita, a quién no le habían permitido ver, ya que estaba en su cuarto solo acompañada por su tía Chiquita.
Javier cansado de estar sentado, fue al patio trasero. Comió algunos quinotos de la planta y se sentó en el columpio. Se fue quedando lentamente dormido sobre éste, mientras escuchaba algunos lloriqueos que venían de la habitación de Margarita.
Sobresaltado por el grito de su primo, se despertó, cerca de las seis de la tarde.
Mario estaba eufórico. - ¡! Volvió, volvió!!! - gritaba, mientras lo sacudía para despertado.
Javier se incorporó y fue corriendo para la habitación.
Todos estaban consternados. Ahora vio a la tía chiquita, llorar junto con su madre, mientras le decían a él que entrara para ver a Margarita.
Cuando Javier entró, ella estaba sentada en la cama, al verlo extendió los brazos y meneando la cabeza hacia ambos lados, decía - Da - vier, da - vier. Javier se acercó y le dio un abrazo grande y fuerte, se puso contento, Margarita realmente había vuelto.
Por la noche, luego de que todos se marcharon, incluido el médico, Bernardo y Antonio hicieron un asado a la parrilla, en el quincho del fondo. Todos estaban muy contentos.
Javier se enteró allí, mientras sus padres conversaban, que Margarita se había dormido el día anterior a las seis de la tarde y no había vuelto a despertar hasta veinticuatro horas después.
El médico había dicho que estaba en coma y que las probabilidades de que volviera en si eran mínimas, pero Margarita volvió, sin el más mínimo síntoma de haber estado casi muerta, con el mismo buen humor de cuando se despertaba de la siesta diaria; ni siquiera se habría preguntado porque había tanta gente en la casa.
Al regreso a su casa, Javier se acostó y se puso a pensar sobre la muerte por primera vez. Se sintió vulnerable, transpiraba en su cama mientras recordaba el día vivido, pensando sobre todo en que podía dormirse ahora y no despertar jamás.
Esto último lo aterraba, más que el dolor que la misma muerte podría provocarle.
Pensaba que en cualquier momento podría dejar de ver a sus seres queridos o podría ser que sus seres queridos no lo vieran más a él.
Se durmió muy tarde pensando en la pobre Margarita.
El Domingo siguiente Javier y sus padres, fueron a la localidad de Lujan de visita. Tenían allí algunos parientes y aprovecharon para visitarlos e ir a la iglesia.
A Javier no le gustaba ir a la misma, pero aquel domingo no hizo falta que le insistieran.
En la Catedral, rezó por su prima, para que nunca más se quedara en coma. Cuando salieron de la Iglesia, insistió a su madre para que ésta comprara una bincha de plástico con tres estrellitas que había en un puesto callejero y una virgencita que estaba puesta en una especie de frasquito, que al moverlo provocaba el efecto de una nevada sobre la virgencita de Luján.
Se lo envolvieron para regalo y él mismo lo cuido hasta que se lo llevaron de regalo a su prima Margarita, a la semana siguiente.
Cuando Margarita los abrió, brincaba de alegría.
Le habían gustado tanto, que luego de que le pusieran la bincha, continuamente se pasaba una mano por la cabeza para saber que estaba bien
puesta, mientras que con la otra mano hacia girar el vasito con la nieve que caía continuamente, mientras ella se reía.
Javier la veía dormirse con la virgencita en su falda y observaba la cara de
felicidad que tenía.
Parte IV
Cuando Javier tenía trece o catorce años y ya la visitaba sólo, ella siempre llevaba aquella bincha colocada sobre su cabeza, manteniendo sus cabellos en orden.
Con el correr del tiempo lamentablemente hubo dos episodios más en los que Margarita se quedó inerte más tiempo del acostumbrado. La última vez fueron casi treinta y seis horas, pero otra vez cuando nadie lo esperaba ella despertó con toda la gracia.
Pasaron los años y un día otra vez vino Antonio a avisarle a los padres de Javier que Margarita estaba muy mal, por aquel tiempo no había teléfonos, así que corrieron nuevamente y aquella vez a diferencia de las anteriores, Javier tenía un nudo en el estómago, como presagiando algo malo.
Cuando llegaron a la casa de la tía Chiquita, el médico la había revisado y clínicamente la había declarado muerta, pero igual todos esperaban el milagro. Fue en vano, Margarita no volvió en sí y la enterraron en el cementerio de San Isidro, un día de lluvia torrencial.
Al volver a la casa luego del funeral, Javier y su mamá se quedaron acompañando a la tía Chiquita.
Javier vio como juntaban las ropas anchas de Margarita, sus zapatos abotinados, sus pequeños juguetes. Todo lo pusieron en cajas y Mario su primo se las llevó al orfanato.
Solo quedó en la habitación de Margarita la virgencita que Javier le había regalado.
Javier recordó que desde ese mismo día comenzaron los problemas.
Todo empezó cuando notó que en la habitación solitaria, sobre la virgencita caía la nieve, pensó en aquel momento que alguien la había movido, pero lo ilógico era que no paraba de caer, como si alguien la agitara continuamente. Como no le encontró explicación se lo comentó a su madre, ésta sin pensado dos veces tomó la virgen para que tía chiquita no se preocupara o se asustara y se la llevó a su casa, guardándola en la parte superior del ropero de pinotea, dentro de una caja y allí quedó olvidada.
Dos meses después tía Chiquita comenzó a ver las estrel1itas debajo de la mesita ovalada.
Fue al psicólogo, vio al médico, hizo todo lo que le indicaban, incluso dejo pasar el tiempo , pero siempre que ella se encontraba sola veía las estrellitas, tanto era así que para que la dejaran de molestar con que era solo su imaginación o que estaba aun muy impresionada, etc., etc., ella dejó de decir que era lo que veía.
Un día la tía Chiquita ya muy avanzada en edad llamó a Javier y le comentó que la noche anterior, Margarita se le había aparecido en una imagen frente a ella y le había dicho que se había convertido en el ángel de la guarda de él y que no se preocupara por nada ya que ella lo iba a cuidar.
Javier impresionado, le agradeció a la tía esta revelación y cuando ya se estaba marchando la Tía Chiquita le dijo - las tres estrellitas que siempre veo, son las tres estrellitas que estaban en la bincha que vos le regalaste, me di cuenta ayer cuando la vi y ella la traía puesta.
Javier sonrió y se fue.
Cuando llegó a su casa, corrió sin detenerse hasta el ropero donde su madre diez años atrás había guardado la virgen de Luján con la nieve y volvió a sonreír cuando abrió lentamente la caja, sin moverla y descubrió que la nieve seguía cayendo sobre la virgencita.
Se puso contento por él y comenzó a pensar ahora si en toda la pobre gente que había muerto en el descarrilamiento del tren, en la estación de Benavides, cuando él salió ileso con su caña de pescar caminando entre los hierros retorcidos del vagón.
Recordó cuando en el año ochenta secuestraron e hicieron desaparecer a casi todos sus compañeros de la facultad.
Incluso pensó en aquella mañana que se sintió mal y no fue a trabajar a la oficina donde escribia historias clinicas, aquella misma oficina, que a las nueve y treinta de aquel día estalló por los aires junto con la mutual Judia.
Salió ahora a la calle con la frente en alto y rogó que Margarita nunca vuelva a quedarse dormida como en su vida mortal, para que lo pueda seguir cuidando como hasta ahora.
Envolvió la virgencita que no paraba de nevar, respiró profundamente y se sintió más seguro que nunca, mientras se perdía entre la gente.
Ernesto Víctor Basile
miércoles, 11 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
El Paraíso
El Paraíso
Diego lo conoció el día en que tras un descuido de su madre y luego de soltarse de su mano, se dirigió trastabillando con sus cortos pasos de niños, hacia la zanja de agua estancada, ante la mirada atónita de su madre Paula, que ya no podía alcanzarlo.
Esta respiro profundamente cuando lo vio tropezar con las raíces deforme del enorme paraíso. Diego lloro, se había raspado sus rodillas y talvez hasta lastimado sus pequeños dedos rosados del pie, ya que tenía puestas unas sandalias descubiertas color celeste. Tenía en aquel entonces dos añitos de vida y el paraíso tendría ya unos cincuenta o mas años a juzgar por su tamaño.
Aquel primer encuentro marcaría una amistad entre ambos.
El paraíso tenía unas raíces enormes que sobresalían de la superficie, entrando y saliendo por distintos lugares, con ellas había tropezado Diego antes de caer y romper en llanto.
A pesar del tortuoso primer encuentro Diego comenzó a jugar con el allá por el año 1958 cuando contaba con cuatro años, al mismo tiempo que comenzó a conocer a su amigo Mario.
El paraíso estaba plantado desde mucho antes que el pueblo se fundara.
Estaba ubicado a unos tres metros de la línea municipal justo frente a la casa de Mario.
Diego años después recordaba lo enorme que era, tenia un tronco de aproximadamente dos metros de diámetro, a la altura de los dos metros y medio se bifurcaba en tres grandes ramas casi de un metro de diámetro cada uno. La altura de su copa traspaso siempre la altura de los cables de la compañía de electricidad.
Doña Felisa, la abuela de Mario, era una mujer Italiana, gorda, que media como uno ochenta de estatura y quien a pesar de sus años, tenia la piel suave como un bebe y el cabello totalmente blanco.
Barría todas las mañanas las tortuosas veredas echas de ladrillos, quitando las hojas amarillentas que caían del enorme árbol, dejando así al descubierto las raíces, que a este mantenían en pie.
Diego alguna vez imagino que llegarían hasta el centro de la tierra.
Entre aquellos vericuetos que formaban las raíces, el y Mario crecieron escondiendo los pequeños soldaditos de plástico, se pasaban horas tratando de dejarlos parados, para luego apuntarles y tratarlos de voltear con una bolita japonesa.
Cuando ambos fueron más grandes, cerca de los seis o siete años aun seguían investigando en sus raíces, tratando ahora de posesionar sus bolitas, para que fuera más difícil para el contrincante poder pegarles luego de hacer el hoyo.
El paraíso siempre los cobijaba de las primeras gotas de lluvia.
Cerca de los nueve o diez años Ana, Oscar, Mario, Diego, Franco, Jorge, Celia, Alfredo, Pascual , Julia y Haydee sabían cuando estaban jugando a las escondidas, que si se desataba alguna tormenta, sobres las calles polvorientas de tierra, debían ir enseguida debajo de ese árbol, para seguir allí contando cuentos, esperando que pasara la lluvia, ya que debajo de su copa tan tupida los chicos no se mojarían hasta después de la primera media hora de comenzada la misma.
En el principio de la primavera el paraíso se dejaba trepar. El único impedimento era que uno de los chicos se debía quedar abajo hasta que todos subieran y le alcanzaran la soga que habían atado a sus ramas superiores
El que ayudaba a subir, debía colocar primero las manos entrelazadas a la altura de su entrepierna y los demás iban poniendo un pie en este estribo mientras eran lanzados con un impulso hacia arriba. Cuando subía el último, le bajaban una soga y este trepaba entre las risas de todos, quienes comenzaban a buscar lugares mas altos mientras se empujaban entre ellos, riéndose a carcajadas.
En aquellos días, sacaban ramas de la parte mas altas del paraíso, para cazar mariposas, uno de los juegos preferidos de aquellos años. Aquellas ramas eran perfectas, las mas flexibles de todos los árboles de la villa y las mas tupidas de hojas que conocían.
Servían de buena manera, ya que para atrapar las mariposas se necesitaba pegarles un mandoble para atontarlas, y así cuanto mas hojas tenían las ramas, menos posibilidades de lastimarlas.
Muchos de los amigos de Diego las coleccionaban y otros soñaban con llevárselas y vendérselas al farmacéutico del barrio, ya que se decía que el boticario las compraba para hacer perfumes con ellas.
Nunca se pudo comprobar, si esto era así, ya que nunca nadie se atrevió a ofrecérselas a pesar que se tomaban el trabajo de separarlas, los galerones de las lecheras y estas de las limoneras.
En el verano a la hora de la siesta, el paraíso oficiaba de poste de uno de los arcos en los desafíos de dobles de cabeza, todos siempre peleaban para estar del lado de el, ya que era tan gordo, que la pareja que le tocaba su lado parecía que tenían un integrante mas, pues muchas de las pelotas que indefectible irían al gol, rebotaban en su estructura.
Cerca de las seis de la tarde cuando los chicos comenzaban a salir bañados, cambiados y peinados, comenzaban a sentarse en sus raíces donde se organizaban charlas y partidos de truco hasta entrada la noche.
Cuando llegaba la época de ir al colegio Diego pasaba todos los días a buscar a su amigo Mario y a la hermana menor, para ir juntos a la escuela y mientras esperaba veía como caían las hojas amarillas y como se iba cubriendo la vereda de aquel manto amarillento que revoloteaba al son de los vientos.
Allá por la época en que los chicos cumplieron trece o catorce años, el paraíso aguanto sin quejarse que le tatuaran su corteza con iniciales y corazones hechos con cortaplumas afilados, incluso cobijo con su sombra nocturna los primeros amoríos y los primeros besos que Diego le dio a Ana allá por los años setenta.
Diego ya en la escuela secundaria cuando tenia examen, tenia una cabala, que consistía en tocarlo al pasar a su lado cuando se dirigía a tomar el colectivo y siempre le dio suerte.
Cerca de los diecisiete todos los amigos se seguían juntando debajo de su sombra los días sábados y domingos, tratando de cambiar el mundo.
El paraíso los vio cineastas, publicistas, médicos, escritores, abogados, técnicos, artistas, idealistas, revolucionarios, músicos, jóvenes y si que los cobijo.
Sin darse cuenta un día llego el invierno, fue demasiado largo, las sombra del 76 cada vez fueron mas oscuras, el miedo reino entre ellos, ya no se juntaban a su alrededor, ahora estaban prohibidas las reuniones.
El paraíso se quedo solo en la vigilia del final.
Aquella noche tumultuosa, de ruidos desconocidos para aquel barrio tranquilo, se precipitó a la madrugada.
Ululares de cientos de sirenas, luces rojas que giraban y el temido grupo de tareas que se aposto cerca de la esquina, después el silencio, la espera, el miedo, solo atinar a ver sin ver a través de las hendijas de las ventanas.
De pronto los tiros interminables, gritos, ordenes, el chirriar de las gomas y otra vez el silencio, la muerte y esperar despierto casi sin respirar que violentaran la puerta de cualquier casa, buscando no se que cosa, o simplemente buscando algún pensamiento diferente.
Las luces del día por fin llegaron, todos fueron saliendo a regañadientes de los mayores, no te metas, se escuchaba frecuentemente.
Al llegar a la esquina, el espanto, sangre por todos lados, la casa de Mario semidestruida por las balas, todos atónitos miraron hacia el paraíso, estaba totalmente agujereado y astillado como si hubiese querido interponerse ante la barbarie.
Había una gran rama tirada en el piso, pedazos de su corteza habían saltado hasta la mitad de la calle. Sobre su tronco las balas de itaka habían dejado agujeros increíbles.
Todos se juntaron sentándose al pie de sus raíces, solo falto Mario, nadie nunca mas supo de el, nadie nunca más dio explicaciones.
Ninguno supo que hacer con el árbol, nadie pudo cerrar sus heridas que siguieron largando un líquido blanco más allá de la primavera.
Sus brotes como otros años ya no aparecieron y con el tiempo sus ramas se fueron secando, después del gran temporal todos estuvieron seguros que llegaba el final pues un gran brazo cayó al piso como fulminado y solo vasto esperar.
Los vecinos por miedo, llamaron en Octubre a la municipalidad, una cuadrilla de hombres, tantos como aquel grupo de tareas, se presento con serruchos eléctricos, picos, palas, sogas, hachas y le otorgo el certificado de defunción.El paraíso casi no ofreció resistencia
Cerca de las dos de la tarde una gran topadora, luego de dos o tres golpes, venció su resistencia final y lo tumbo .Los hombres comenzaron a desguazarlo con sus equipos eléctricos, sus hachas, sus miserias, sus broncas y su cinismo, alegres como si hubiesen triunfado sobre sus propias penas, sus agonías, sus miedos, como si definitivamente hubiesen vencido a la desocupación, al hambre, a la ignorancia.
Hasta hicieron un pozo para quemar sus raíces, le tiraron cal, como si quisieran borrarlo de la faz de la tierra, como si hacerlo desaparecer quitaría de la memoria de aquellos adolescentes los recuerdos mas tiernos que guardaban de su amigo el paraíso.
Los vecinos cómplices limpiaron todo vestigio de su paso por la villa.
Nada quedo de el.
Diego recordó entonces que al otro día que asesinaron cobardemente a Mario y a toda la familia de su amigo, en los diarios apareció una noticia que daba cuenta que la policía y los militares se habían enfrentado a una célula comunista.
Ahora también esperaría la noticia del día siguiente, talvez se enteraría que el paraíso también era comunista y que por ese motivo lo vinieron a matar.
Muchos de aquéllos adolescentes se fueron del barrio, aunque cada tanto se juntan en la misma esquina, en la misma vereda de la casa de Mario
Ya no hay árbol, pero en este lugar por las tardes soleadas, siempre hay una gran sombra cubriendo y si alguna vez comienza a llover, todos saben que aun durante media hora podrán seguir charlando, podrán seguir soñando.
El Paraíso Ernesto Víctor Basile 1981
Para mi amigo Mario que siempre lo llevo en mi corazón y a quien le pido perdón por no saber su apellido ya que cuando uno es chico no valen los apellidos, los credos, la religión o las clases sociales.
Diego lo conoció el día en que tras un descuido de su madre y luego de soltarse de su mano, se dirigió trastabillando con sus cortos pasos de niños, hacia la zanja de agua estancada, ante la mirada atónita de su madre Paula, que ya no podía alcanzarlo.
Esta respiro profundamente cuando lo vio tropezar con las raíces deforme del enorme paraíso. Diego lloro, se había raspado sus rodillas y talvez hasta lastimado sus pequeños dedos rosados del pie, ya que tenía puestas unas sandalias descubiertas color celeste. Tenía en aquel entonces dos añitos de vida y el paraíso tendría ya unos cincuenta o mas años a juzgar por su tamaño.
Aquel primer encuentro marcaría una amistad entre ambos.
El paraíso tenía unas raíces enormes que sobresalían de la superficie, entrando y saliendo por distintos lugares, con ellas había tropezado Diego antes de caer y romper en llanto.
A pesar del tortuoso primer encuentro Diego comenzó a jugar con el allá por el año 1958 cuando contaba con cuatro años, al mismo tiempo que comenzó a conocer a su amigo Mario.
El paraíso estaba plantado desde mucho antes que el pueblo se fundara.
Estaba ubicado a unos tres metros de la línea municipal justo frente a la casa de Mario.
Diego años después recordaba lo enorme que era, tenia un tronco de aproximadamente dos metros de diámetro, a la altura de los dos metros y medio se bifurcaba en tres grandes ramas casi de un metro de diámetro cada uno. La altura de su copa traspaso siempre la altura de los cables de la compañía de electricidad.
Doña Felisa, la abuela de Mario, era una mujer Italiana, gorda, que media como uno ochenta de estatura y quien a pesar de sus años, tenia la piel suave como un bebe y el cabello totalmente blanco.
Barría todas las mañanas las tortuosas veredas echas de ladrillos, quitando las hojas amarillentas que caían del enorme árbol, dejando así al descubierto las raíces, que a este mantenían en pie.
Diego alguna vez imagino que llegarían hasta el centro de la tierra.
Entre aquellos vericuetos que formaban las raíces, el y Mario crecieron escondiendo los pequeños soldaditos de plástico, se pasaban horas tratando de dejarlos parados, para luego apuntarles y tratarlos de voltear con una bolita japonesa.
Cuando ambos fueron más grandes, cerca de los seis o siete años aun seguían investigando en sus raíces, tratando ahora de posesionar sus bolitas, para que fuera más difícil para el contrincante poder pegarles luego de hacer el hoyo.
El paraíso siempre los cobijaba de las primeras gotas de lluvia.
Cerca de los nueve o diez años Ana, Oscar, Mario, Diego, Franco, Jorge, Celia, Alfredo, Pascual , Julia y Haydee sabían cuando estaban jugando a las escondidas, que si se desataba alguna tormenta, sobres las calles polvorientas de tierra, debían ir enseguida debajo de ese árbol, para seguir allí contando cuentos, esperando que pasara la lluvia, ya que debajo de su copa tan tupida los chicos no se mojarían hasta después de la primera media hora de comenzada la misma.
En el principio de la primavera el paraíso se dejaba trepar. El único impedimento era que uno de los chicos se debía quedar abajo hasta que todos subieran y le alcanzaran la soga que habían atado a sus ramas superiores
El que ayudaba a subir, debía colocar primero las manos entrelazadas a la altura de su entrepierna y los demás iban poniendo un pie en este estribo mientras eran lanzados con un impulso hacia arriba. Cuando subía el último, le bajaban una soga y este trepaba entre las risas de todos, quienes comenzaban a buscar lugares mas altos mientras se empujaban entre ellos, riéndose a carcajadas.
En aquellos días, sacaban ramas de la parte mas altas del paraíso, para cazar mariposas, uno de los juegos preferidos de aquellos años. Aquellas ramas eran perfectas, las mas flexibles de todos los árboles de la villa y las mas tupidas de hojas que conocían.
Servían de buena manera, ya que para atrapar las mariposas se necesitaba pegarles un mandoble para atontarlas, y así cuanto mas hojas tenían las ramas, menos posibilidades de lastimarlas.
Muchos de los amigos de Diego las coleccionaban y otros soñaban con llevárselas y vendérselas al farmacéutico del barrio, ya que se decía que el boticario las compraba para hacer perfumes con ellas.
Nunca se pudo comprobar, si esto era así, ya que nunca nadie se atrevió a ofrecérselas a pesar que se tomaban el trabajo de separarlas, los galerones de las lecheras y estas de las limoneras.
En el verano a la hora de la siesta, el paraíso oficiaba de poste de uno de los arcos en los desafíos de dobles de cabeza, todos siempre peleaban para estar del lado de el, ya que era tan gordo, que la pareja que le tocaba su lado parecía que tenían un integrante mas, pues muchas de las pelotas que indefectible irían al gol, rebotaban en su estructura.
Cerca de las seis de la tarde cuando los chicos comenzaban a salir bañados, cambiados y peinados, comenzaban a sentarse en sus raíces donde se organizaban charlas y partidos de truco hasta entrada la noche.
Cuando llegaba la época de ir al colegio Diego pasaba todos los días a buscar a su amigo Mario y a la hermana menor, para ir juntos a la escuela y mientras esperaba veía como caían las hojas amarillas y como se iba cubriendo la vereda de aquel manto amarillento que revoloteaba al son de los vientos.
Allá por la época en que los chicos cumplieron trece o catorce años, el paraíso aguanto sin quejarse que le tatuaran su corteza con iniciales y corazones hechos con cortaplumas afilados, incluso cobijo con su sombra nocturna los primeros amoríos y los primeros besos que Diego le dio a Ana allá por los años setenta.
Diego ya en la escuela secundaria cuando tenia examen, tenia una cabala, que consistía en tocarlo al pasar a su lado cuando se dirigía a tomar el colectivo y siempre le dio suerte.
Cerca de los diecisiete todos los amigos se seguían juntando debajo de su sombra los días sábados y domingos, tratando de cambiar el mundo.
El paraíso los vio cineastas, publicistas, médicos, escritores, abogados, técnicos, artistas, idealistas, revolucionarios, músicos, jóvenes y si que los cobijo.
Sin darse cuenta un día llego el invierno, fue demasiado largo, las sombra del 76 cada vez fueron mas oscuras, el miedo reino entre ellos, ya no se juntaban a su alrededor, ahora estaban prohibidas las reuniones.
El paraíso se quedo solo en la vigilia del final.
Aquella noche tumultuosa, de ruidos desconocidos para aquel barrio tranquilo, se precipitó a la madrugada.
Ululares de cientos de sirenas, luces rojas que giraban y el temido grupo de tareas que se aposto cerca de la esquina, después el silencio, la espera, el miedo, solo atinar a ver sin ver a través de las hendijas de las ventanas.
De pronto los tiros interminables, gritos, ordenes, el chirriar de las gomas y otra vez el silencio, la muerte y esperar despierto casi sin respirar que violentaran la puerta de cualquier casa, buscando no se que cosa, o simplemente buscando algún pensamiento diferente.
Las luces del día por fin llegaron, todos fueron saliendo a regañadientes de los mayores, no te metas, se escuchaba frecuentemente.
Al llegar a la esquina, el espanto, sangre por todos lados, la casa de Mario semidestruida por las balas, todos atónitos miraron hacia el paraíso, estaba totalmente agujereado y astillado como si hubiese querido interponerse ante la barbarie.
Había una gran rama tirada en el piso, pedazos de su corteza habían saltado hasta la mitad de la calle. Sobre su tronco las balas de itaka habían dejado agujeros increíbles.
Todos se juntaron sentándose al pie de sus raíces, solo falto Mario, nadie nunca mas supo de el, nadie nunca más dio explicaciones.
Ninguno supo que hacer con el árbol, nadie pudo cerrar sus heridas que siguieron largando un líquido blanco más allá de la primavera.
Sus brotes como otros años ya no aparecieron y con el tiempo sus ramas se fueron secando, después del gran temporal todos estuvieron seguros que llegaba el final pues un gran brazo cayó al piso como fulminado y solo vasto esperar.
Los vecinos por miedo, llamaron en Octubre a la municipalidad, una cuadrilla de hombres, tantos como aquel grupo de tareas, se presento con serruchos eléctricos, picos, palas, sogas, hachas y le otorgo el certificado de defunción.El paraíso casi no ofreció resistencia
Cerca de las dos de la tarde una gran topadora, luego de dos o tres golpes, venció su resistencia final y lo tumbo .Los hombres comenzaron a desguazarlo con sus equipos eléctricos, sus hachas, sus miserias, sus broncas y su cinismo, alegres como si hubiesen triunfado sobre sus propias penas, sus agonías, sus miedos, como si definitivamente hubiesen vencido a la desocupación, al hambre, a la ignorancia.
Hasta hicieron un pozo para quemar sus raíces, le tiraron cal, como si quisieran borrarlo de la faz de la tierra, como si hacerlo desaparecer quitaría de la memoria de aquellos adolescentes los recuerdos mas tiernos que guardaban de su amigo el paraíso.
Los vecinos cómplices limpiaron todo vestigio de su paso por la villa.
Nada quedo de el.
Diego recordó entonces que al otro día que asesinaron cobardemente a Mario y a toda la familia de su amigo, en los diarios apareció una noticia que daba cuenta que la policía y los militares se habían enfrentado a una célula comunista.
Ahora también esperaría la noticia del día siguiente, talvez se enteraría que el paraíso también era comunista y que por ese motivo lo vinieron a matar.
Muchos de aquéllos adolescentes se fueron del barrio, aunque cada tanto se juntan en la misma esquina, en la misma vereda de la casa de Mario
Ya no hay árbol, pero en este lugar por las tardes soleadas, siempre hay una gran sombra cubriendo y si alguna vez comienza a llover, todos saben que aun durante media hora podrán seguir charlando, podrán seguir soñando.
El Paraíso Ernesto Víctor Basile 1981
Para mi amigo Mario que siempre lo llevo en mi corazón y a quien le pido perdón por no saber su apellido ya que cuando uno es chico no valen los apellidos, los credos, la religión o las clases sociales.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)